Aguascalientes
Conocí Aguascalientes hace cuarenta años, cuando yo tenía apenas veinte y ella pasaba ya de trescientos cincuenta y tantos. Era un centro ferroviario muy activo –recién empezaba la revolución de la carretera– y una pequeña ciudad apacible, muy tradicional, con sus templos coloniales y sus repiques de campanas que le hacían la competencia al silbato de las locomotoras y a la sirena de los talleres del ferrocarril; recuerdo que la estación, exóticamente inglesa, se encontraba a las afueras de la ciudad.
Hoy en día los talleres han cerrado, ya no hay trenes de pasajeros, de vez en cuando pita tristemente una locomotora y lo que era la estación se encuentra en el centro geométrico de una ciudad que literalmente ha reventado en los últimos veinte años.
El joven estudiante francés no sabía que se iba a convertir prácticamente en aguascalentense (no es fácil de pronunciar pero me gusta más que “hidrocálido”) a partir de 1976; por eso viví el cambio. ¿Cuál cambio? ¡La revolución! No estoy hablando de la Revolución Mexicana (1910-1940) que pasó por Aguascalientes con todo y Madero, Huerta, Villa, la Convención, los agraristas, los cristeros, los ferrocarrileros, los sinarquistas i tutti quanti; hablo de la revolución industrial que a su vez propició la revolución urbana de los últimos veinte años.
De su pasado de ciudad-estado agrícola, oasis en el desierto, prodigio de huertas y parras debido a las bienhechoras aguas que le dieron su nombre, Aguascalientes no ha conservado gran cosa; de su primer pasado industrial, se acabó la fundidora, luego el ferrocarril; queda, modernizada y tradicional, la industria de la confección que emplea a unas cuarenta y cinco mil mujeres y que es conocida en toda la República (cuando China no le hace la competencia). Lo nuevo, lo que le dio el chicotazo a la ciudad es la metalmecánica, con la Nissan, y la electrónica con Texas Instruments, la Xerox, etcétera.
Ese crecimiento explosivo rebasa por mucho el crecimiento natural de la población: el campo se fue a la ciudad, luego la gente vino de los estados vecinos y hasta del Distrito Federal, con el traslado, por ejemplo, del INEGI (Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática).
La casa terán
Bonita casa de finales del siglo XVIII, de estilo barroco típicamente colonial de esa región del país. Ubicada a unos pasos del Parián, en la actualidad está dedicada a dar diversos servicios culturales, como exposiciones, conferencias, videoteca y biblioteca; cuenta además con una agradable cafetería y un local donde se venden artesanías de la región.
Relojes Monumentales
Hoy en día en Aguascalientes cuenta con 23 relojes monumentales, algunos colocados en cavidades especiales como es el caso del reloj de San Marcos, o como el que se encuentra en San Diego que está esquinado en el tope de su fachada barroca. La mayoría se localizan en las iglesias, edificios importantes y lugares estratégicos para ser observados por la gente. Esta Ciudad cuenta con tres relojes especiales hechos por una empresa netamente aguascalentense. La tecnología que utilizaron es reconocida a nivel mundial, en virtud de ser ellos los inventores de los relojes electroneumáticos, en los cuales se combinan cuatro áreas de la ingeniería: eléctrica, neumática, mecánica y electrónica. Estos son el del “Torero” ubicado en la fachada del Hotel Fiesta Americana; el que se encuentra en las nuevas áreas recreativas de la estación del Ferrocarril donde un tren hace un recorrido tocando el silbato, así como el ubicado en Plaza Patria el cual al dar las horas dos gallos realizan la clásica pelea.
http://www.muniags.gob.mx/default.asp?p=3323
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