Thursday, August 11, 2005

Dolores Hidalgo

Dolores Hidalgo, población pequeña en tamaño pero enorme por su legado, sirvió de marco a la gesta heroica que encabezara don Miguel Hidalgo y Costilla.

Casi siempre que seleccionamos un lugar para descansar y olvidarnos de todo tipo de preocupaciones, escogemos las playas o los centros turísticos de mayor tradición, sin percatarnos de la existencia de pequeños sitios en los que, además de recobrar las energías, nos acercamos a las tradiciones del país, a su gente, a las anécdotas y personajes que lo caracterizan y, en general, a su forma de vida; son espacios donde el tiempo oscila entre el presente y el recuerdo.

Uno de estos sitios es el municipio de Dolores Hidalgo, Guanajuato, importante escenario donde comenzó el movimiento de independencia nacional.

La carretera que lleva a Dolores estaba un tanto solitaria; sólo algunos animales, unas espigas que parecían danzar de un lado a otro con el paso de los autos y el silbido del aire irrumpieron en nuestros pensamientos, ocupados en los detalles que encontraríamos en esta población pequeña en tamaño, pero enorme por su legado, que data de 1643, año en que el párroco don Álvaro de Osio y Ocampo donó los vecinos terrenos comprados a la hacienda De la Erre, para establecer los límites originales del pueblo.

Unos pasos más adelante nuestras inquietudes encontraron eco en una variedad de colores y formas provenientes del extenso catálogo de muestras artesanales que aquí se elaboran, dada su enorme tradición alfarera, mezcla del arte prehispánico y del español que encontró asiento en los talleres fundados por el padre Miguel Hidalgo y Costilla.

Y es él, precisamente, quien nos recibe, con su figura tallada en una enorme piedra que, junto con las torres de la iglesia, ya dejan entrever la belleza de su arquitectura.

Con una buena dotación de agua para resistir la temperatura que comenzaba a subir, iniciamos el recorrido por sus empinadas calles. En más de una ocasión experimentamos la necesidad de detenernos a mirar los detalles de sus construcciones coloniales, en especial los balcones, desde donde se tiene una hermosa vista panorámica.

Una sensación de tranquilidad rodeaba la plaza central, en la que manos cubiertas por el intenso sol entretejían con gran destreza varios canastos de distintos tamaños. Contrario a lo que sucede en las grandes metrópolis, desde este punto es posible divisar la mayoría de los edificios; la pregunta es con cuál de éstos empezar nuestro recorrido. Una buena opción era iniciar con los centros religiosos, entre los que destaca La Parroquia, ubicada frente al parque. Según cuenta la historia, desde su atrio el cura Hidalgo convocó a los habitantes para emprender la lucha de liberación de la Nueva España, el 16 de septiembre de 1810.

Su fachada es una de las más imponentes; cada línea converge en un estilo barroco que hábilmente juega con sus formas hasta llegar a los extremos de la ornamentación. La gran altura de sus torres nos hace mirarla de arriba abajo para no perder detalle alguno de la alegoría sobre la muerte de Jesús en la cruz. En la parte central se ubica la Virgen María, en representación de la Dolorosa, patrona del lugar.

En uno de sus campanarios pendía la campana que Miguel Hidalgo hizo sonar como símbolo del surgimiento de una nueva etapa de libertad, y es precisamente este sonido la llamada para visitar otro sitio, no sin antes atender la recomendación de los lugareños de disfrutar del espectáculo de luz y sonido que se realiza los fines de semana en recuerdo de las acciones del cura y su ejército insurgente.

Luego de esta visita decidimos seguir por la calle de Zacatecas hasta llegar al Museo Nacional de la Independencia, otrora cárcel del poblado, de donde Hidalgo liberó a algunos de sus seguidores.

De entrada, el encargado hizo muestra de la calidez característica de los pobladores, razón por la que no dudamos ni un minuto en recorrer las crujías que fueron acondicionadas como salas, donde se exhiben mapas, murales y figuras que conducen a un viaje por el México antiguo, sus creencias, la división territorial y las condiciones culturales y sociales prevalecientes antes y después del dominio español. También es posible conocer los diferentes aspectos del desarrollo de Dolores, por ejemplo lo relativo al campo de las artesanías.

Desde uno de los tres patios que rodean el lugar se vislumbra un espacio dedicado al representante de la música vernácula no sólo de este lugar sino de todo el país: José Alfredo Jiménez (1926, El Rey, Amanecí en tus brazos, El siete mares). Al momento de mirar sus trajes charros bordados, las partituras y los reconocimientos que recibió, corre por nuestras venas el deseo de escuchar la música de un buen mariachi, acompañado de los amigos y de un tequilita, para hacer eco de la tradición mexicana de interpretar alguna canción por la vida, por las desgracias y, por qué no, hasta por el amor.

Después de concluir este paseo por nuestras raíces, el medio día iluminaba con su máximo esplendor: era el momento indicado de regresar a la plaza y disfrutar de una bebida bien refrescante. Sin embargo, buena sorpresa nos llevamos, pues en lugar de la bebida encontramos más de cien sabores de exquisitas nieves, al gusto de cualquier paladar, desde los tradicionales de fresa y limón, hasta los más exóticos de chicharrón en salsa verde, mole poblano, piña colada, camarón, elote, tequila, aguacate, mantecado y, sí, también de cerveza.

Unos minutos bastaron para finalizar el exquisito barquillo, en tanto admirábamos las demás construcciones que nos rodeaban, como la Casa de las Visitas. A primera vista aparecen cinco balcones sostenidos por arcos cuya forma y decoración hacen pensar en su antigüedad. Así es, el edificio data de 1786; de ahí partió don Miguel Hidalgo a liberar a los presos la madrugada del 16 de septiembre. Actualmente la propiedad pertenece al estado de Guanajuato y recibe a personajes distinguidos, como al presidente de la República o a su representante, que acuden el 15 de septiembre de cada año con objeto de dar el “grito”.

Girando un poco a la derecha, en la parte central, una enredadera resguarda la estatua del cura, inaugurada en septiembre de 1891. A decir de uno de los pobladores, en la base del monumento de cantera rosada antes se colocaba un ataúd con monedas y escrituras que confirmaran el origen del movimiento, en caso de un ataque por parte del bando enemigo.

La tarde comienza a caer y nuestro apetito despierta con el exquisito sazón proveniente de diversos restaurantes de comida mexicana. Existen opciones para todos los gustos y bolsillos; las carnitas es una de las alternativas que, sin duda, representa una verdadera delicia de la cocina dolorense.

Con el avance del día la temperatura disminuye, y es por lo tanto el momento más indicado para continuar la búsqueda de otros testimonios históricos. No pasaron ni cinco minutos cuando ya estábamos en el Museo de la Casa de Hidalgo.

Sus seis salas resguardan ejemplares de barro vidriado, proclamas a la nación americana, un estandarte de la Virgen de Guadalupe, vestimentas sacerdotales, el primer bando de abolición de la esclavitud y una urna funeraria con los restos óseos de Hidalgo, entre otros muchos objetos históricos.

La casa fue ocupada por el cura en 1804 y después se constituyó en un cuartel de fuerzas contrarias y de bandoleros.

La noche, por su parte, comenzaba a tornarse de un grisáceo místico, las horas se habían esfumado en un abrir y cerrar de ojos, y las carretas de frutas se retiraban. Pero antes de irnos deseábamos adquirir algunos recuerdos del lugar.

Todas las tiendas de artesanía ofrecen distintos objetos para cada rincón del hogar o para el lugar predilecto; lo mismo cofres y pequeños cuadros, que cruces, floreros, portarretratos, tazas, juegos de vajilla, lámparas y un sin fin de artículos elaborados con técnicas y estilos de gran originalidad. Algunos artesanos hacían gala de sus habilidades en barro, mientras que otros hablaban de las bondades de sus piezas en cerámica, o de su herrería artística de acabado colonial.

La calidad con que se realizan todas estas artesanías es tal, que bien valdría la pena llevar a casa cada uno de estos trabajos; sin embargo, la mochila sólo tiene espacio para unos cuanto ejemplares, así que nos decidimos por los objetos de talavera, detallada con flores, y algunos artículos de madera.

La hora de partir es inevitable, pues bien podríamos pasar unos días más entre la amabilidad de su gente, en una noche estrellada y con el ambiente de alegría que florece en las diversas festividades realizadas anualmente: la celebración de Dolores (Semana Santa), la de Nuestra Señora de la Soledad (mayo), la Virgen de Loreto (septiembre) y la Purísima Concepción (noviembre y diciembre), entre otras.

Ya de regreso, las luces de sus templos y el azul marino de la noche irrumpieron en nuestra mente, inmersa en reflexiones sobre los sitios que además de ser fieles testigos de una o varias épocas, son un espacio en el cual es posible encontrarnos con nosotros mismos, en medio de una atmósfera de tranquilidad, belleza, emoción y aventura. Para ello sólo existe un requisito: abrir los sentidos a las voces e imágenes presentes, con la única consigna de empaparnos de sus anécdotas y guardarlas en nuestra memoria histórica.

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