Monday, September 19, 2005

Hospicio Cabañas

El siglo XVIII trajo consigo un gran desarrollo en las colonias que España tenía en América: mayor número de habitantes oriundos e inmigrados, más riquezas e instituciones educativas, auge de la pintura, incremento de las letras y una impresionante proliferación de monumentos arquitectónicos.
Pero es indudable que fue la pobreza lo que más se desarrolló en México durante la centuria. No de otro modo se explican los insurgentes y los campos de batalla a partir de 1810.
Nada de raro tiene entonces que dos de los edificios más caros erigidos en Guadalajara en las proximidades del año 1800 hayan tenido por destino la beneficencia pública.

El edificio del Hospicio Cabañas fue proyecto el obispo tapatío, Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo, cuya pretensión era proteger a la enorme cantidad de desposeídos que, al comenzar el siglo XIX, pululaban por las calles de Guadalajara. La verdad es que las hambrunas de "los de abajo" se habían vuelto persistentes. Sólo que Cabañas resultó ser mucho más pretencioso que Alcalde, y para dejar una obra de mayor realce, contrató para el diseño del edificio al valenciano Manuel Tolsá, el más pretendido de los arquitectos que había entonces en México.

Tolsá nunca vino a Guadalajara, pero mediante el estipendio del caso se dice que diseñó personalmente la cúpula de la nave principal, supervisó el proyecto completo y recomendó a uno de sus hombres de mayor confianza, José Gutiérrez, para que fuese traído a Guadalajara y ejecutara la obra.

¡De qué magnitud sería la miseria entonces, que se dedicaron cuatro manzanas para construir el enorme edificio!

El comerciante catalán José Llorens y Comelles en el testamento que había hecho en 1767, dejo sentado que, a su muerte, ocurrida precisamente alrededor de 1794, "una vez deducidos del total de sus bienes unos ciertos legados", se invirtiera el resto en erigir y mantener un hospital y una casa de expósitos que fuesen administrados por la Mitra.

La que sería la Casa de la Misericordia, inició su construcción, con autorización real de 1803. No se albergaría únicamente a expósitos, sino también:

ancianos de ambos sexos, lisiados, enfermos habituales y sus mujeres e hijos pequeños; los huérfanos desamparados, o hijos de quienes no puedan darles educación por su pobreza; los niños y niñas que no pasen de diez años, a quienes los padres quieran poner por corrección pagando lo justo para alimento, y los caminantes pobres, previa licencia del gobierno, por sólo dos días, con tal que no pidan limosna.

La construcción propiamente dicha se inició en 1806, para lo que Gutiérrez contó con Ia valiosa colaboración de Pedro Ciprés, alarife de Mezquitán tan famoso como su padre, cuya mano se hizo presente en casi todos los edificios de ese tiempo. El 10. de febrero de 1810, todavía inconclusa, fueron recibidos en Ia Casa los primeros huérfanos y desvalidos. Todo iba bien, pero sobrevino la irrupción de los independentistas.

José Antonio "el Amo" Torres y Iuego el propio Miguel Hidalgo, respetaron la gran Casa, pero no el brigadier José de Ia Cruz, quien al recuperar Guadalajara echó fuera a sus inquilinos y la convirtió en ciudadela, lo que ocasionó el consecuente maltrato y deterioro de lo que había.

Prisciliano Sánchez, el primer gobernador que tuvo Jalisco conforme a su constitución particular, hizo denodados esfuerzos para que el "hospicio" fuese acabado, pero la autoridad militar no abandonó el recinto hasta principios de 1828. De inmediato se emprendieron los trabajos para tornar habitable el inmueble, y en febrero de 1829, éste reasumió sus funciones. Sólo que ahora, por el carácter provisional, se dedicaría en exclusiva a la niñez, aunque nada más hubo recursos para admitir a poco más de 40 infantes.
Vale recordar que para 1842 iba bien la cúpula, cuando una de esas famosas "culebras" de agua -que ocasionalmente azotan a Guadalajara- causó tales daños que fue necesario recomenzar. Como quiera, a fin de cuentas se logró construir esa cúpula calificada por Eduardo Gibbon de "sorprendente por su equilibrio, sus proporciones y su hermosura clásica".

Finalmente, en 1845 la magna obra quedó totalmente concluida. Era una trama de 23 patios.

Es importante señalar que los primeros patios y corredores son más pequeños que los siguientes, en virtud de que estaban dedicados a inquilinos de menor edad. De esta manera, el edificio se torna muy versátil también para las funciones actuales de instituto cultural, pero la parte medular y de mayor valía es la capilla con todo y su cúpula, donde pintó José Clemente Orozco, en 1939, la mejor expresión del muralismo mexicano: El hombre de fuego, una alegoría de la existencia realizada magistralmente.

El recio trazado de la capilla es también impresionante: dos brazos cortos y dos largos: los largos eran para los niños; el de atrás para las religiosas y el del frente para el público; es de traza en estilo toscano, amenizado por arcos tapiados que ciertamente invitan a que haya algún retablo entre ellos o algún elemento al que hagan marco.
Ahí están precisamente los demás frescos que Orozco "empezó a pintar en 1938, soberbias manifestaciones plásticas de lo que su autor pensaba de su tiempo y de su historia.

El optimismo que pudo traer la terminación de la Casa en 1845 se derrumbó al año siguiente, cuando se convirtió de nueva cuenta en cuartel y, en 1852, con la firma del llamado “Plan del Hospicio”, que acabó llevando a Antonio López de Santa Anna, por última vez, a la presidencia de la República.

En 1853, nueve años después de haberse establecido en México, llegaron a Guadalajara las primeras Hermanas de la Caridad, cuyo desempeño les valió para que, un bienio más adelante, se les encomendara la administración del recientemente recuperado Hospicio. Pero permanecieron en él únicamente hasta 1874, cuando todas ellas fueron expulsadas del país por el presidente Sebastián Lerdo de Tejada.

Les habrían de tocar tiempos difíciles a las Hermanas, como fueron los sitios que sufrió Guadalajara a lo largo de la Guerra de Reforma (1858-1860) -durante los cuales, tanto liberales como conservadores, respetaron siempre la venerable Casa- y la ulterior desamortización de bienes eclesiásticos, que le ocasionó la pérdida de algunos ranchos y haciendas, así como el fraccionamiento de su espléndida huerta. No obstante, al retirarse las religiosas de la institución, ésta albergaba a más de 600 asilados.

De las Hermanas se pasó al gobierno mayoritario de señoritas hasta 1894, y de viudas a partir de ese año, nombradas todas directamente por el gobernador del estado. Hubo entre ellas de todo: desde la mano dura hasta la suave; desde la abnegación y entrega de quien incluso murió a causa de la tifoidea que asoló a Guadalajara en 1879, hasta la vocación por satisfacer con las internas de mejor ver las ansias de catrines citadinos, lo que dio lugar, al saberse, a un escándalo de proporciones enormes.

La verdad es que los tapatíos han sentido desde siempre un gran respeto por cualquier institución de beneficencia, pero de manera muy especial por el Hospicio Cabañas. Así se explica que, no obstante la cancelación del clero de toda su ayuda al salir las Hermanas de la Caridad en 1874 y la suspensión de recursos por parte de los gobernadores Ceballos en 1876, Tolentino en 1883 y Curiel en 1893, la institución pervivió con recursos suficientes gracias a la ayuda de particulares, como fue el caso de los miembros de la Asociación Protectora de la Casa de Cuna. De hecho, entre todos los gobernadores habidos durante el porfiriato, solamente el general Ramón Corona-el menos porfirista de ellos-dejó un buen recuerdo en el Hospicio.

Como quiera que sea, en 1910 la Casa sostenía con mucho decoro a 672 internos: 28 niños de cuna, 150 de párvulos, 327 entre 7 y 12 años, 125 mayores de 12 años y 42 ancianos.

La Revolución incrementó el número de candidatos a vivir en la Casa, pero disminuyó el monto de los recursos hasta descender a verdaderas penurias, circunstancia de la que se recuperó con excesiva lentitud a partir de los anos veinte. La situación no se consolidó hasta que el gobernador en turno tuvo la atingencia de nombrar directora en 1947 a una joven excepcional: Asunción García Sancho, quien dirigió el destino de la Casa hasta su fallecimiento.

En 1982 se terminó una edificación especial para el caso, de acuerdo con los requerimientos modernos, y la entrañable casona que había mandado erigir el obispo Cabañas, pasó a ser la sede de un Instituto Cultural de su mismo nombre, patrocinado por el gobierno de Jalisco, lo que dio lugar a que se desarrollara en su seno una actividad educativo artística muy intensa y productiva, y se le diera cobijo a una parte muy importante de la obra de Orozco. Finalmente, en 1992 “el Cabañas” se convirtió en sede de la Secretaría de Cultura del Gobierno de Jalisco.

Fuente: México en el Tiempo No. 9 octubre-noviembre 1995 Texto: José María Muriá

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