Thursday, August 11, 2005

Puebla (centro histórico)

Construida en el Siglo XVIII, una de las Catedrales más grandes de América y más ricamente decorada en su interior, la Catedral de Puebla ubicada en el Centro Histórico, representa uno de los más interesantes atractivos de la ciudad.

La leyenda gusta de atribuir a la ciudad de Puebla un origen divino, según el cual fueron ángeles los que, tirando unos cordeles, trazaron sus calles en el sitio indicado por Dios. Mas si el origen real de la urbe no fue divino, sí fue del todo inusitado, porque Puebla no se erigió sobre las ruinas de una población indígena, ni nació como ciudad militar, ni se creó como villa de encomenderos. Por tal razón, se conoce también por el apodo, la Angelópolis (Puebla de los Angeles). Los vecinos se llaman poblanos.
Puebla es famosa por su arquitectura colonial distintiva, su arte culinaria, la cerámica talavera, las artesanías de ónix, y la industria textil. Todavía se habla Náhuatl, el idioma indígena de la región, en algunas áreas rurales del Valle de Puebla. Tropas mexicanas derrotaron invasores franceses aquí el 5 de mayo de 1862, en los Fuertes de Loreto y Guadalupe. La Revolución Mexicana empezó en Puebla, el 18 de noviembre de 1910, cuando soldados federales y policías atacaron la casa del los Hermanos Serdán. En 1987 la Ciudad de Puebla fue nombrada "Patrimonio de la Humanidad" por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, las Ciencias, y la Cultura (UNESCO).

Palacio Municipal. Zócalo, Portal Hidalgo No. 14 (lado norte de la plaza central). Se terminó la construcción en 1906. Ejemplo de estilo renacimiento franco-español, típico de la arquitectura de edificios públicos en México desde los años 1870 hasta 1910.
Museo Universitario-Casa de los Muñecos. Avenida 2 Norte No. 2. Fachada del siglo diecisiete usa azulejos de talavera, hechos a mano, combinado con ladrillo rojo, un estilo de decoración típicamente poblano. Las caricaturas ( "muñecos") pintadas en los azulejos burlan a los enemigos políticos del dueño original, Agustín Ovando de Villavicencio.

Iglesia del Espiritu Santo ( "La Compañia"). Avenida 4 Sur No. 102. Construido en 1578 por los Jesuitas. Lugar de entierro de la celebrada "China Poblana",

Catedral de la Concepción Inmaculada. 16 de Septiembre, esquina de 5 Oriente. Una de las iglesias más grandes en la República Mexicana. Se terminó la construcción en 1649. Adentro se encuentran el altar mayor de ónix, 14 capillas, el coro decorado de madera incrustada, y ejemplos del arte religioso colonial.

Comida y arte culinario. El mole poblano, una salsa espesa que combina chocolate con chile y otro ingredientes, servida encima de pavo o pollo, se inventó aquí. Es el platillo nacional de México. Otras especialidades poblanas incluyen: chiles en nogada o sea chiles poblanos rellenados de carne y frutas, cubiertos con una salsa cremosa de nuez y granada; camotes, un dulce de batata.

La China Poblana. La China Poblana es sinónima con esta ciudad, pero pocos poblanos conocen la historia verdadera de su vida. Catarina de San Juan (1609-1688), cuya nombre original era Mirrha, nació en Delhi, India, y fue raptada por piratas a la edad de nueve años. Los secuestradores la vendieron a un comerciante portugués en Manila. Más tarde él la envió a Don Miguel de Sosa, un poblano que le había encargado una esclava "chinita." Sosa y su esposa adoptaron a Mirrha en 1620, cuando ella tenía once años de edad, y la bautizaron con el nombre de Catarina. Cuando la pareja murió, ella se casó con Domingo Suárez, el sirviente chino de un párroco. Los poblanos del siglo diecisiete admiraron el comportamiento de Catarina, especialmente sus actos de caridad, y copiaron su traje pintoresco. Los poblanos del siglo veinte modificaron el traje para incorporar los colores e insignia de la bandera mexicana. El monumento a La China Poblana, una estatua enorme encima de una fuente decorada de azulejos, se encuentra en el sector norte de la ciudad.

Teotihuacan

La ciudad de los dioses (Periodo Clásico )
Cuando los aztecas llegaron al Altiplano a principios del siglo XIV, encontraron un inmenso centro religioso abandonado al que llamaron Teotihuacan. Tanta fue su impresión ante la grandeza del lugar, que pensaron que había sido construido por gigantes e inventaron el mito de que ahí se habían reunido los dioses para asegurar la existencia del mundo. La reacción de los aztecas no fue exagerada. Teotihuacan es el más notable de los centros religiosos de América.
Si tomamos una altura de 1.50 m. para tí y tus amigos,
eso quiere decir que casi 144 de ustedes podrían recostarse a lo largo de un costado de la pirámide del Sol.

Cuesta trabajo creer que fue construido por un pueblo que no conocía las herramientas de metal, no tenían bestias de carga, ni utilizaba máquinas simples para facilitar las obras de construcción.
Teotihuacan está situado en un amplio valle, a 45 km de la ciudad de México. La zona fue poblada desde épocas remotas, pero fue hasta el siglo I a.C. cuando se inició la construcción del centro ceremonial. Aunque éste fue construido por etapas, al parecer fue planeado como conjunto, según lo indican la armonía y funcionalidad de la distribución de los edificios.

La zona ceremonial de Teotihuacan estaba rodeada por una gran concentración urbana que, según los investigadores, tenía en su momento de apogeo entre 125 mil y 250 mil habitantes y ocupaba unos 20 km². Era una de las cinco ciudades más pobladas en el mundo de aquella época.

El origen de los fundadores de la región es incierto. Sin embargo, algunos especialistas creen que los teotihuacanos pertenecían al mismo tronco racial del que se desprendieron después los toltecas y los mexicas.

El conjunto ceremonial está formado por dos grandes pirámides, la del Sol y la de la Luna y por templos, plataformas y lugares de residencia distribuidos a los lados de la larga Calzada de los Muertos. El edificio mayor, la pirámide del Sol, tiene lados de 215 metros, por lo que su base es semejante a la de la más grande de las pirámides egipcias.



Máscara de piedra decorada con mosaico de turquesa, concha nácar y coral. La parte residencial de la ciudad ha sido investigada por los arqueólogos, quienes nos dicen que las casas eran amplias y estaban hechas de piedra, adobe y madera. Las casas tenían numerosos aposentos, por lo que se piensa que eran habitadas por familias de muchos miembros que se dedicaban al mismo oficio.
En Teotihuacan están representadas en pinturas y esculturas las deidades que, bajo diferentes nombres, fueron venerados después por otros pueblos mesoamericanos: las de la lluvia y el agua, el Sol y la Luna, y la serpiente emplumada llamada Quetzalcóatl por los aztecas, que representa a un dios civilizador, quien según el mito dio a los hombres ciencia y sabiduría.

Fuente: SEP, Historia Quinto grado, México, 1999, págs. 105-107.

Xochimilco

Xochimilco es un de los sitios con mayor tradición y belleza natural del Valle de México, evocador de historias y leyendas, inspiración de artistas y poetas, presencia viva de un orgulloso pasado que recuerda nuestros orígenes como nación y de un pujante presente consciente de la necesidad del progreso unido a la responsabilidad de respetar el ecosistema y conservarlo para las generaciones futuras.
Xochimilco significa “Lugar de Flores”. Su historia está ligada a la de las primeras tribus nahuatlacas que se establecieron en la región y entraron en contacto con los antiguos habitantes de la zona. En Xochimilco se ha dado lugar a un intercambio cultural que contribuirá a formar entre los antiguos xochimilcas su vocación transformadora, manifestada principalmente en su entorno. Desde sus inicios como zona lacustre, sobre la cual crearon y desarrollaron una de las manifestaciones tecnológicas más importantes de la época para la producción agrícola: la chinampa, hasta la actualidad, en donde su medio ambiente ha merecido la denominación de zona ecológica nacional.
Además de su valor como centro turístico y cultural, actualmente Xochimilco es también una región en la cual se desarrolla una industria moderna y pujante. Así como sus antiguos habitantes supieron conocer a la naturaleza y desarrollar sofisticadas tecnologías para transformarla dentro de un equilibrio ecológico, el Xochimilco de hoy está impulsado por una industria limpia y eficiente, agradecida del entorno y preocupada por su cuidado y conservación.

Comala

Comala es una localidad ubicada en el estado de Colima, a 30 minutos de la capital del estado, y que inevitablemente esta ligada a los nombres de Juan Rulfo y la popular novela de Pedro Paramo.

Aunque en realidad Comala se trata de un lugar muy diferente al escenario descrito en la novela de Rulfo, bien podemos afirmar que un alto porcentaje de la gente que la visita, ha leído la famosa novela o bien, ha escuchado algo al respecto. Por ello, es muy común ver en la localidad, a la gente que camina a lo largo y ancho del pueblo, siempre tratando de descubrir algún testimonio que haya inspirado al escritor.

Tal vez en su recorrido, el visitante se pueda encontrar con la Parroquia de San Miguel, el Palacio Municipal o la Ex Hacienda de Nogueras, a donde la entrada es siempre muy recomendable, sobre todo si se gusta de la toma fotográfica de los paisajes pintorescos del país.

El nombre de esta localidad, rodeada de plantas de papayo, plátano y mamey entremezclados con almendros y palmeras, así como de frondosas primaveras de color amarillo intenso y robustos árboles de hule, significa: “lugar de comales”. Y un dato muy curioso de ella, es que hacia 1961 adoptó el blanco como el color distintivo que vestiría a la arquitectura local. Por ello, su centro histórico presenta muchas casas con esa estructura típica de paredes blancas y techos de tejas rojas, con calles empedradas en las que aun es común escuchar los cascos de un caballo o los ladridos de un perro, los cuales inmediatamente nos conducen a ciertos pasajes de la novela de Rulfo.

Una vez que el visitante recorre el pueblo, el sitio ideal para tomar un descanso es en algún botanero de los portales, desde donde se puede tener una magnifica vista de la plaza con sus esbeltas palmeras, su pintoresco kiosco, la iglesia y por si fuera poco, también se alcanza a apreciar, a lo lejos, el volcán de fuego de Colima.

Además de ofrecer al visitante los encantos de un típico pueblo con clima caliente, ambiente sereno y agradable y una rica herencia cultural, Comala permite programar alguna o varias excursiones a las lagunas cercanas, o a otras localidades próximas a la ciudad de Colima, siendo está, una de las razones por las que muchos excursionistas y especialistas en montañismo, eligen a Comala como punto de partida hacia el volcán de fuego o al nevado de Colima, donde se conjugan la aventura, la naturaleza y por supuesto, la cultura.

Aguascalientes

Conocí Aguascalientes hace cuarenta años, cuando yo tenía apenas veinte y ella pasaba ya de trescientos cincuenta y tantos. Era un centro ferroviario muy activo –recién empezaba la revolución de la carretera– y una pequeña ciudad apacible, muy tradicional, con sus templos coloniales y sus repiques de campanas que le hacían la competencia al silbato de las locomotoras y a la sirena de los talleres del ferrocarril; recuerdo que la estación, exóticamente inglesa, se encontraba a las afueras de la ciudad.

Hoy en día los talleres han cerrado, ya no hay trenes de pasajeros, de vez en cuando pita tristemente una locomotora y lo que era la estación se encuentra en el centro geométrico de una ciudad que literalmente ha reventado en los últimos veinte años.

El joven estudiante francés no sabía que se iba a convertir prácticamente en aguascalentense (no es fácil de pronunciar pero me gusta más que “hidrocálido”) a partir de 1976; por eso viví el cambio. ¿Cuál cambio? ¡La revolución! No estoy hablando de la Revolución Mexicana (1910-1940) que pasó por Aguascalientes con todo y Madero, Huerta, Villa, la Convención, los agraristas, los cristeros, los ferrocarrileros, los sinarquistas i tutti quanti; hablo de la revolución industrial que a su vez propició la revolución urbana de los últimos veinte años.
De su pasado de ciudad-estado agrícola, oasis en el desierto, prodigio de huertas y parras debido a las bienhechoras aguas que le dieron su nombre, Aguascalientes no ha conservado gran cosa; de su primer pasado industrial, se acabó la fundidora, luego el ferrocarril; queda, modernizada y tradicional, la industria de la confección que emplea a unas cuarenta y cinco mil mujeres y que es conocida en toda la República (cuando China no le hace la competencia). Lo nuevo, lo que le dio el chicotazo a la ciudad es la metalmecánica, con la Nissan, y la electrónica con Texas Instruments, la Xerox, etcétera.

Ese crecimiento explosivo rebasa por mucho el crecimiento natural de la población: el campo se fue a la ciudad, luego la gente vino de los estados vecinos y hasta del Distrito Federal, con el traslado, por ejemplo, del INEGI (Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática).


La casa terán
Bonita casa de finales del siglo XVIII, de estilo barroco típicamente colonial de esa región del país. Ubicada a unos pasos del Parián, en la actualidad está dedicada a dar diversos servicios culturales, como exposiciones, conferencias, videoteca y biblioteca; cuenta además con una agradable cafetería y un local donde se venden artesanías de la región.

Relojes Monumentales
Hoy en día en Aguascalientes cuenta con 23 relojes monumentales, algunos colocados en cavidades especiales como es el caso del reloj de San Marcos, o como el que se encuentra en San Diego que está esquinado en el tope de su fachada barroca. La mayoría se localizan en las iglesias, edificios importantes y lugares estratégicos para ser observados por la gente. Esta Ciudad cuenta con tres relojes especiales hechos por una empresa netamente aguascalentense. La tecnología que utilizaron es reconocida a nivel mundial, en virtud de ser ellos los inventores de los relojes electroneumáticos, en los cuales se combinan cuatro áreas de la ingeniería: eléctrica, neumática, mecánica y electrónica. Estos son el del “Torero” ubicado en la fachada del Hotel Fiesta Americana; el que se encuentra en las nuevas áreas recreativas de la estación del Ferrocarril donde un tren hace un recorrido tocando el silbato, así como el ubicado en Plaza Patria el cual al dar las horas dos gallos realizan la clásica pelea.

http://www.muniags.gob.mx/default.asp?p=3323

Orizaba

Cobijadas bajo la neblina, las calles de Orizaba guardan tesoros arquitectónicos de la época de la Colonia que contrastan con el edificio del que fuera su palacio municipal; éste, que hizo el viaje desarmado desde las costas europeas en la última década del siglo XIX, con su refinado y caprichoso art nouveau vino a darle un rasgo distintivo e inconfundible a la ciudad, y se le conoce como El Palacio de Hierro.
Entre los múltiples atractivos que ofrece la ciudad de Orizaba destaca el mural de José Clemente Orozco en la escalinata del actual palacio municipal, y el Museo de Arte del estado que guarda valiosas colecciones de artistas nacionales y extranjeros.
Entre sus personajes ilustres podemos recordar a Sara García, actriz de la época de oro del cine mexicano. (1883-1980) y Francisco Gabilondo Soler, Cri Cri. Compositor de canciones infantiles.

En 1892 Se funda la fábrica de textiles de Río Blanco, a orillas del Río Blanco y la población del mismo nombre. Un movimiento obrero de 1907 que originó una masacre.

En 1896 se funda la importante industria de bebidas Cervecería Moctezuma, S.A.

Aurelio Ortega, cronista e investigador, le dio a Orizaba el poético título de Nuestra Señora de los Puentes, actualmente la Ciudad cuenta con 32 puentes.

Fuente: Tips de Aeroméxico No. 7 Veracruz / primavera.
http://www.e-local.gob.mx/work/templates/enciclo/veracruz/mpios/30118a.htm

San Juan del Río

Según nos cuenta la historia, un indígena ñañú, de nombre Mexici, fundó a los pies del Cerro de la Cruz y a la orilla de un río, un poblado al que denominó Iztachichimecapan, topónimo que significa “chichimecas blancos”. Años más tarde, con la llegada de los conquistadores españoles, este pueblo fue nuevamente fundado un 24 de junio de 1531, pero con el nombre mestizo con que se le conoce actualmente: San Juan del Río, por su característica ribereña.

De su pasado prehispánico aún podemos observar algunos restos de construcciones, sobre todo en la cima del mencionado Cerro de la Cruz, mientras que en los alrededores de la ciudad se ha encontrado gran cantidad de vasijas y demás artefactos característicos de los grupos sedentarios que poblaban la región antes del arribo de los españoles.

El valle de San Juan del Río es considerado como uno de los más fértiles del país, y esto lo evidencian las numerosas haciendas que durante los siglos XVII al XX se asentaron en la zona. La hacienda de “La Llave”, por mencionar sólo alguna, se dice que perteneció a don Juan de Jaramillo, esposo de la famosa doña Marina, mejor conocida como “la Malinche”.

De la zona de San Juan del Río también son famosos sus exquisitos quesos y sus vinos. Y no menos conocida es la industria minera que desde tiempos inmemoriales extrae los legendarios ópalos que tanta fama han dado al estado queretano.

Caminando por San Juan

Una de las primeras construcciones con que nos encontramos al llegar a San Juan del Río es su puente de “La Venta”, localizado sobre lo que hoy es la avenida Juárez Poniente. Las oscuras piedras de sus añejos arcos de medio punto dan un excelente marco a los sólidos contrafuertes, los cuales forman pequeños balcones sobre la actual calzada; a pesar de que el puente no es muy ancho, por él pasaron innumerables cargas de oro y plata de Zacatecas a México, por el entonces Camino Real de Tierra Adentro. Justo a la mitad del puente están dos letreros que dicen: “Puente de la Venta, construido el 9 de febrero de 1710, arquitecto don Pedro de Arrieta”, y “Este puente comenzó el día 9 de febrero de 1710 años, gobernando el excelentísimo señor marqués de Alburquerque, y se acabó el día 13 de enero de 1711 años, gobernando el...”, y ahí se pierde el resto de la leyenda.

Después de esta magnífica obra hidráulica, y siguiendo por la avenida Juárez, llegamos a lo que fue el antiguo hospital de indios de San Juan de Dios, construido en 1661 y que hoy alberga a la Universidad Autónoma de Querétaro, campus San Juan del Río. Aún se conserva el templo del hospital, cuya fachada e interiores son muy austeros y sobrios.

Continuando por la avenida Juárez nos encontramos con el discreto templo de las hermanas de la Tercera Orden, el cual fue construido en agosto de 1683 a petición de las hermanas Flores. De este templo lo único que destaca es su espadaña, que curiosamente no da a la calle, sino al interior de la manzana. Más adelante nos recibe el templo del antiguo convento de Santo Domingo, edificado hacia 1691. Su interior está decorado con pinturas de vegetación al estilo art nouveau de fines del siglo xix. Su portada es de dos cuerpos, de los que el primero posee columnas corintias con nichos entre ellas, mientras que en el segundo cuerpo las columnas son de fuste liso y capitel barroco. La ventana del coro está flanqueada por escudos franciscanos y su única torre es de dos cuerpos con pilastras, capulín y linternilla. El templo está circundado por una pequeña barda atrial en cuya esquina poniente sobresale una enorme cruz de cantera.

Caminando hacia el oriente del templo llegamos al edificio que ocupa la Presidencia Municipal, construcción de finales del siglo XIX que ha sido remodelado para su actual uso. También sobre la avenida Juárez se localiza un edificio del siglo XVIII que en su tiempo funcionara como centro penitenciario y que, paradójicamente, hoy en día alberga al Centro Histórico y Cultural de San Juan del Río, en el que se puede admirar un breve pero muy interesante museo histórico, el cual posee copia de algunos documentos referentes a la conquista de este territorio.

Frente a dicho Centro Cultural se ubica el jardín del Santuario, pequeño templo construido hacia finales del siglo XIX y cuya torre campanario es de forma alargada y puntiaguda.

Dejando por fin la tan mencionada avenida Juárez, y encaminándonos hacia lo que se conoce como el Centro Histórico, arribamos a la Plaza de Armas, en donde sobresale una columna dedicada a la Independencia de México; frente a ésta se levanta, orgullosa, la parroquia, construcción del siglo XVIII, con su portada de dos cuerpos de cantera y columnas jónicas pareadas; la fachada está rematada por un frontón bellamente decorado. Un dato arquitectónico sobresaliente de esta parroquia son sus cuatro cúpulas que forman un armónico conjunto. Frente a la parroquia se localiza el Jardín Independencia, que al igual que la mayoría de los jardines provincianos, posee un pintoresco quiosco en el centro.

Si caminamos hacia la parte norte de la ciudad encontraremos la antigua estación de ferrocarril, típica construcción que aún se encuentra en funcionamiento pero que, curiosamente, el personal de seguridad no permite fotografiar, sin explicarnos el porqué.

De regreso al centro, y paseando por sus hermosas calles, observamos una gran cantidad de añejas casas que nos hablan de lo rico y productivo que fue el viejo San Juan del Río, y en aquellas que tienen sus puertas abiertas y nos permiten asomarnos, podemos observar tranquilos y amplios patios circundados por singulares arquerías, todo musicalizado por el agua de sus fuentes.

Así, entre casonas y portales, llegamos al antiguo templo de la Santa Veracruz, localizado en lo alto de una colina, a unas tres o cuatro calles del templo del Santuario. Sus gruesos muros y su cantera oscura nos remiten al origen de su construcción. Sobresalen en su fachada tres cruces sobre el arco de la puerta. Este templo custodia un antiguo cementerio, el cual posee una excelente vista de la ciudad. Su barda perimetral está decorada con ondulaciones rematadas por esferas y cruces que enmarcan los atardeceres de San Juan. La mayoría de las lápidas están labradas en la típica cantera gris de San Juan del Río, y casi todas ellas pertenecen al siglo XIX.

En una pequeña capilla lateral se levanta hoy en día un pequeño museo dedicado a la muerte. Ahí podemos observar distintos tipos de enterramientos, que van desde los entierros prehispánicos hasta aquellos realizados en los interiores de algunos templos.

Así pues, San Juan del Río, además de ser una entidad netamente industrial, se ha convertido en un magnífico sitio al que podemos acudir en compañía de nuestra familia, para conocer un capítulo más de la historia del rico estado queretano.

Querétaro

En la región denominada "La Cañada", existía un pueblo cuyos habitantes lo identificaban como Queréndaro que significa: Lugar de Peñas, debido a la gran cantidad de rocas que ahí se encontraban. Primero fue un pueblo de indios y así se mantuvo por más de 500 años. Siendo hasta 1655, cuando le fue conferido el título de ciudad.
Su ubicación entre la Ciudad de México y las minas de Zacatecas le favorecieron, siendo un paso obligado al Bajío, al norte y noroeste de la Nueva España, lo que le valió ser denominada: La Garganta de Tierra Adentro.
A partir de 1550, empezaron a llegar familias de españoles que contribuyeron al mestizaje. Al fundirse las etnias, el castellano empezó a sustituir a las lenguas nativas.

El Estado de Querétaro conserva para propios y visitantes su historia entre las calles cubiertas con adocreto de cantera rosa, sus iglesias, monumentos y leyendas, para revivirlas y crear un ambiente romántico, tranquilo y apacible. Es agradable y emocionante visitar sus templos y misiones que conservan el aroma del incienso y sus muros que parecen narrar en silencio las historias de sucesos que dieron orígen a nuestras tradiciones.

Querétaro es un tapete tejido de matices entre lo barroco de su arquitectura, lo moderno de sus plazas comerciales y sus atractivos naturales, decorados por la calidez de su pueblo, su música y su gastronomía. Todos los sentidos se deleitan en nuestro Estado, integrándonos como un hilo mas al tapete, nuestros visitantes sienten en Querétaro su hogar y en su gente su familia.

En Querétaro no existe un día igual a otro, ni una Ciudad igual a otra, ni un edificio igual a otro, es un constante descubrir y descubrir que despierta el deseo de vivir cada día a toda su intensidad y esperar el amanecer con la emoción de abrir los ojos para disfrutar de las nuevas aventuras que nos depara el nuevo día.

Ciudad Histórica
Cuna del movimiento de Independencia: en 1810 el Corregidor de Querétaro Don Miguel Domínguez y su esposa Doña Josefa Ortiz de Domínguez fueron delatados como miembros de grupos conspiradores.
En 1821 Agustín de Iturbide se hospeda en la casa de don Francisco Alday (actualmente La Casa de la Marques) donde es proclamado emperador, hasta que en 1823 Santa Ana y Guadalupe Victoria lo destierran y se va a Italia.
En 1847 cuando el país es invadido por las fuerzas norteamericanas, es designado capital de la República.
1867, después de 3 años de monarquía, los liberales toman preso a Maximiliano de Habsburgo y lo fusilan en el Cerro de las Campanas junto a los Generales Mexicanos Miguel Miramón y Tomás Mejía.

San Luis Potosí

En el vasto territorio que hoy abarca el estado de San Luis Potosí, durante la época prehispánica se encontraban diseminados grupos chichimecas conocidos como huastecos, pames y guachichiles. Hacia 1587 el capitán Miguel Caldera se había internado en la inhóspita región con la misión de pacificar a estas belicosas tribus que asolaban a los traficantes de mercaderías. Posteriormente, en 1591, el virrey don Luis de Velasco envió indios tlaxcaltecas para poblar el norte de la Nueva España; una parte de ellos se asentó en lo que sería el barrio de Tlaxcalilla y la otra en Mexquitic, poblado indígena al norte de la actual ciudad.

En 1592 fray Diego de la Magdalena, que acompañaba al capitán Caldera, logró reunir a algunos indígenas guachichiles en un lugar cercano a una zona de manantiales, aspecto que se ha considerado como un asentamiento primitivo, ya que en el mismo año, en el cerro de San Pedro, fueron descubiertos yacimientos minerales por Francisco Franco, guardián del convento de Mexquitic, Gregorio de León, Juan de la Torre y Pedro de Anda. Este último dio al sitio el nombre de San Pedro del Potosí. Por la falta de agua, los mineros volvieron al valle y reubicaron a los indios que lo ocupaban, llamándolo entonces San Luis Minas del Potosí.

El capitán Caldera y Juan de Oñate legalizaron la fundación el 1592. El título de ciudad le fue concedido en 1656 por el virrey duque de Albuquerque, aunque fue confirmado por el rey Felipe IV hasta dos años después. La traza urbana respondió al esquema reticular del tipo de tablero de ajedrez, ya que al estar instalado en el llano, no presentaba dificultad para ejecutarlo, por lo que se dispuso la plaza principal a cuyos lados se levantarían la Catedral y las casas reales, inicialmente rodeada por doce manzanas.

Hoy San Luis Potosí es un hermoso lugar, majestuoso y casi señorial por la riqueza que derrocharon sus yacimientos mineros, que se reflejó en los edificios coloniales como un testimonio del poderío del gobierno novohispano. De aquellos monumentos, la Catedral es un buen ejemplo; ubicada en el costado oriente de la plaza de Armas, su figura sustituye a la primitiva iglesia del siglo XVI. La nueva estructura se levantó hacia finales del siglo XVII y principios del XVIII, en un bello y armonioso estilo barroco de modalidad salomónica. Junto a ella se encuentra el Palacio Municipal, en el sitio en que se hallaban las casas reales y que fueran derruidas en el siglo XVIII para construir un edificio por orden del visitador José de Gálvez.

Al norte de la plaza se observa la casa más antigua de la ciudad, que perteneció al alférez don Manuel de la Gándara, tío de la única virreina mexicana, con un bello patio interior de típico sabor colonial. Al oriente se ubica el edificio que aloja al Palacio de Gobierno; aunque éste es de estilo neoclásico, posiblemente de los primeros años, se levanta en donde estuviera el Palacio Consistorial del siglo XVIII. En contra esquina de este inmueble se localiza la plaza Fundadores o plazuela de la Compañía y en su costado norte la actual Universidad Potosina, que fuera el antiguo colegio de jesuitas construido en 1653, aún mostrando su sencilla portada barroca y su hermosa capilla de Loreto, con portada barroca y columnas salomónicas.

Otro conjunto que embellece a San Luis Potosí es la Plaza de San Francisco, en donde se encuentran el templo y convento del mismo nombre; el templo es uno de los más importantes del estilo barroco, fue construido entre 1591 y 1686 y en él destaca su sacristía, que es una las más ricas muestras de la arquitectura religiosa potosina.

El convento es una edificación del siglo XVII que aloja al Museo Regional Potosino. En el interior del recinto es posible admirar la famosa capilla de Aránzazu de mediados del siglo XVIII, que representa un claro ejemplo del barroco potosino involucrando en su estilo notables elementos churriguerescos a base de profusas decoraciones; anexos al convento se encuentran los templos de Tercera Orden y del Sagrado Corazón que formaban parte de éste.

La plaza del Carmen es otro hermoso conjunto que enseñorea a esta ciudad colonial; en su entorno está el templo del Carmen, cuya construcción fue ordenada por don Nicolás Fernando de Torres. Bendecido en 1764, su arquitectura es un testimonio del estilo que se denomina ultrabarroco, evidenciado en su puerta lateral de rica y exquisita ornamentación, al igual que en el pórtico de la sacristía y el retablo de la capilla del Camarín de la Virgen, esta última comparada en belleza con las capillas de la Virgen del Rosario y de Santa María Tonantzintla de Puebla.

Completando armónicamente el conjunto, se encuentran el Teatro de la Paz y el Museo Nacional de la Máscara, ambas construcciones decimonónicas. Otros inmuebles relevantes de carácter religioso son: al norte del jardín Escobedo, las Iglesias del Rosario y San Juan de Dios, la última construida por frailes juaninos en el siglo XVII, con su hospital anexo, que actualmente es una escuela. También de la misma época está la hermosa Calzada de Guadalupe que remata, en su extremo sur, en el santuario de Guadalupe, edificado en estilo barroco por Felipe Cleere en el siglo XVIII; en la parte norte de la calzada puede verse la simbólica caja de agua construida en el siglo pasado y considerada monumento nacional.

Cabe mencionar además el templo de San Cristóbal, construido entre 1730 y 1747, que a pesar de sus modificaciones aún conserva su fachada original, que se puede observar en su parte posterior; el templo de San Agustín, con sus barrocas torres, construido entre los siglos XVII y XVIII por fray Pedro de Castroverde y la modesta iglesia de San Miguelito en el barrio del mismo nombre, también de estilo barroco.

Por lo que se refiere a la arquitectura civil, las casas potosinas exhiben características especiales que se observan principalmente en sus balcones, con sus repisas ornamentadas con una gran variedad de formas y motivos que parecen concebidas por geniales artífices y que se pueden apreciar a cada paso en las construcciones del centro histórico. Como ejemplos podemos mencionar la casa ubicada a un costado de Catedral, que fuera de don Manuel de Othón y que hoy alberga a la Dirección Estatal de Turismo, así como la de la familia Muriedas en la calle de Zaragoza, hoy convertida en hotel.

En los alrededores de esta magnífica ciudad, pueden encontrarse algunas localidades coloniales con bellos ejemplos arquitectónicos, entre las que destaca el poblado conocido como Real de Catorce, un antiguo y abandonado centro minero en el que existe un bello y modesto templo del siglo XVIII dedicado a la Purísima Concepción, en cuyo interior se conserva una milagrosa imagen de San Francisco de Asís.

Taxco, Guerrero

En tiempos prehispánicos existió al sur del actual poblado de Taxco un asentamiento indígena fundado por tlahuicas con el nombre de Tachco, cuyo significado en náhutal es "lugar del juego de pelota". Con el descubrimiento de los ricos yacimientos minerales existentes en la región, ésta tuvo un atractivo especial para los españoles, sobre todo al enterarse de que los tlahuicas tributaban barras de oro y otros minerales preciosos a los aztecas, a los cuales estaban sometidos. Por 1522, Hernán Cortés reclama en su nombre una mina a la que llamó "el Socavón del Rey", hecho que dio por resultado el establecimiento de la población minera de Tetelcingo en las laderas del cerro de la Bermeja, que más tarde se convertiría en Taxco.

Llegaron a existir dos poblados: el indígena conocido como Taxco Viejo, y el español, llamado Taxco el Nuevo que es el que ahora conocemos. Su fundación acontece en el año de 1528, con el establecimiento del campamento minero, aunque la conquista militar sobre los indígenas de la región se efectúa en 1531 a manos de los capitanes Rodrigo de Castañeda y Miguel Díaz de Auz. Estos capitanes participaron en el desarrollo de la ciudad, pues al parecer fundaron los barrios de Tlachcotecapan y Acayotla, hoy de San Miguel y Guadalupe, con sus respectivos templos edificados por misioneros franciscanos. Otro personaje cuya actuación fue decisiva para la consolidación de la ciudad fue el rico minero don José de la Borda, quien con su poder económico contribuyó al crecimiento de Taxco, patrocinando obras públicas y construcciones religiosas. En 1580 la ciudad vio nacer al ilustre poeta y dramaturgo Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza, cuya fama literaria rebasó las fronteras mexicanos y le valió que en 1872 el Congreso del Estado decretara el nombre oficial de la ciudad como "Taxco de Alarcón".

Recientemente declarada Zona de Monumentos Históricos por decreto emitido en el Diario Oficial del 19 de marzo de 1990, encumbrada en la sierra guerrerense, se ha adaptado a las irregularidades del terreno mediante plazas, plazuelas y tortuosas calles, conformando un conjunto único con perspectivas de inmejorable belleza que se acercan mucho más a la escala humana que a la monumental.

El inmueble religioso de mayor importancia es el templo de Santa Prisca ubicado en el corazón de la ciudad, en el costado poniente de la plaza principal llamada Borda. Su construcción se debe a la petición que don José de la Borda hizo al Arzobispado de México para que se le permitiese edificar una iglesia en el mismo sitio en donde se encontraba la antigua parroquia de Taxco, con objeto de procurarle un templo a su hijo que estaba en vías de ordenarse sacerdote. La construcción se efectuó entre 1751 y 1758, con la supervisión de don Diego Durán. Dedicada a la inmaculada Concepción y bajo la tutela de Santa Prisca, la obra, tanto en su magnífica fachada como en sus bellos interiores, está considerada como una de las mejores y más extraordinarias muestras del estilo churrigueresco mexicano. En ella es posible admirar una rica ornamentación a base de retablos y pinturas, estas últimas provenientes del pincel de Miguel Cabrera.

Otras construcciones religiosas que existen en Taxco son el templo de San Bernardino levantado por los frailes dieguinos en 1595, en el barrio que lleva su nombre, con su sencilla y elegante fachada realizada al estilo neoclásico, muestra de las remodelaciones posteriores hechas a la estructura del recinto; también se encuentra el templo de la Santísima Trinidad, levantado en el siglo XVI y reconstruido en 1713 en un estilo barroco de influencia popular; el templo de San Nicolás, junto al actual parque Guerrero, también reconstruido en el siglo pasado; y finalmente las capillas de la Veracruz, de Guadalupe, de San Miguel, del Señor de Ojeda y de Chavarrieta, que le proporcionan un agradable y particular encanto a la ciudad.

Taxco conserva inmuebles que fueron destinados a casas habitación con un gran valor histórico y artístico, entre los que son dignos de mencionar la que perteneciera a don José de la Borda y que actualmente es el Palacio Municipal; fue construida en el siglo XVIII y se encuentra a un costado de la plaza Borda formando el conjunto principal del centro de la ciudad con el templo de Santa Prisca, así como la Casa del Balcón, así nombrada por el curioso balcón que la caracteriza. La casa del siglo XVIII que perteneció al conde de la Cadena, llamada Casa de las Lágrimas, a causa del mal trato que se le dio a los trabajadores que la construyeron. En la calle Pineda se encuentra la Casa de Humboldt, así llamada por haber servido de alojamiento a este ilustre personaje, aunque originalmente su nombre era el de Casa Villanueva, y que es un bello ejemplo en estilo barroco de la arquitectura civil del siglo XVIII.

Es recomendable visitar la Casa Grande en la plazuela de San Juan, en donde vivió el alcalde mayor de Taxco y el antiguo Ayuntamiento en la plaza de Carnicerías.

Atlixco, Puebla

Atlixco se localiza a 40 km de la ciudad de Puebla, por la carretera núm. 190. Es un placer recorrer sus calles salpicadas de añejas construcciones, como la casa de la Audiencia, el molino de San Mateo, el acueducto de Los Arcos y el edificio Rascón. Aquí el siglo xvii dejó su gloria en las iglesias de La Merced, de San Agustín, y en la capilla de la Tercera Orden.

El último domingo de septiembre se lleva a cabo el “Atlixcáyotl”, reunión de pueblos que recrean sus tradiciones a través de la danza en el cerro de San Miguel.

Fuente: Tips de Aeroméxico No. 13 Puebla / otoño 1999

Pátzcuaro

Pátzcuaro es un encanto sin igual, por algo los antiguos habitantes de Michoacán en tiempos de los reyes purépechas, lo eligieron para ser lugar de recreo de la nobleza indígena, y a su vez, lugar de adoración en sus "cues" (templos); decían que ahí estaba la puerta del cielo por donde descendían y subían los dioses, por tanto, era la entrada al paraíso, y no estaban lejos de la realidad, porque la ciudad y sus alrededores son sitios apacibles y hermosos, bien podemos decir que esta región es el Edén Michoacano.

Janitzio tiene varios significados, entre ellos: "Lugar donde llueve", "Cabellos de elote", y "Lugar de Pesca". Pintoresco lugar ubicado en la parte central del lago de Pátzcuaro. La comunidad indígena del pueblito ha conservado en gran parte la autenticidad de sus costumbres, como la lengua purépecha, vestuario y la velación de la noche de muertos, ceremonia que cada 1 y 2 de noviembre atrae visitantes de todo el mundo. En la cima se erigió un monumento de 40 metros de altura en memoria del Generalísimo Don José María Morelos y Pavón. En el interior el pintor Ramón Alva de la Canal estampó la vida del héroe.

La cuenca fue el asiento del antiguo imperio Tarasco y actualmente es una de las cuatro áreas culturales de la región Purhépecha, herederos de aquella civilización y prácticamente los últimos representantes de las culturas lacustres que florecieron en la antigua Mesoamérica. La antigua capital purhépecha se ubicaba en la población de Tzintzuntzan.

Se reconoce la existencia de esta cultura en el área desde por lo menos el siglo XII, y la existencia de prácticas agrícolas desde hace por lo menos 3,500 años.

Se estima que a principios del siglo XVI había en la cuenca entre 60 mil y 100 mil habitantes distribuidos en 92 asentamientos, la mayoría de los cuales todavía existen. Es decir que existe una experiencia acumulada en el manejo de los recursos de la cuenca de 4 siglos y medio.

Acorde con los principios ecológicos, el manejo eficiente de un recurso natural renovable depende de la capacidad de los productores para conocer las potencialidades y límites de los ecosistemas y espacios de un territorio concreto. Cuando esto se ignora, el proceso de producción sobreexplota, la producción decae y los costos se incrementan.

Las comunidades indígenas de la cuenca han estructurado un diseño social, un bagaje de conocimientos, un grupo de actitudes y ejercen un conjunto de mecanismos que han favorecido el uso sustentable y conservacionista de la naturaleza.

Así, por ejemplo, el acceso colectivo a los recursos naturales produce una concepción donde los elementos biológicos, como las especies, son visualizados como bienes patrimoniales, más que sólo como satisfactores, que deben ser prudentemente usados por los individuos. La tendencia hacia la distribución igualitaria de los recursos naturales también previene el sobreuso de los mismos por unos pocos individuos.

La estrategia y el conocimiento empleados para manejar los recursos naturales tienden hacia la diversificación de su explotación. Como estrategas de uso múltiple, los productores indígenas están obligados a decodificar la variedad de microambientes locales para entender y reconocer los límites de los recursos involucrados en la producción.

En contraste con el modelo especializado de uso de los recursos en los países industrializados, donde comparativamente pocos recursos son percibidos y reconocidos con valor productivo, bajo la visión indígena todos los componentes del medio son directa o indirectamente recursos útiles o potenciales.

Esto configura una actitud de conservación de todo el medio ambiente.

Bajo un patrón de agricultura de temporal y minifundio, las comunidades indígenas han sabido utilizar hábilmente los recursos que encierran los hábitats terrestre y acuático. Ello se expresa en 13 sistemas agrícolas, nueve tipos de pesca, ocho prácticas artesanales, ganadería en pequeña escala y en sus detallados conocimientos sobre las especies (más de 400 plantas nombradas en lengua purhépecha, 140 animales, clases de suelo, etcétera).

Por lo anterior resulta ilegítimo y con alto margen de imposibilidad operar una estrategia de desarrollo para la cuenca que no tome en cuenta la experiencia acumulada a través de los siglos por la cultura purhépecha.

La cuenca del Lago de Pátzcuaro se extiende a lo largo de los municipios Pátzcuaro, Erongaricuaro, Quiroga y Tzintzuntzan, incluyendo también las localidades de Pichátaro (Tingambato) y San Isidro (Nahuatzen)

Existen en total 122 asentamientos poblacionales. Destacan la ciudad de Pátzcuaro, que concentra el 37.9% del total de la población de la cuenca y Quiroga con el 10.5%. El crecimiento acelerado de estas dos ciudades en los últimos años ha provocado una desmedida demanda de servicios urbanos, los cuales afectan al problemática también se ha manifestado, aunque en proporciones menores, en medio ambiente Esta las cabeceras municipales de Erongaricuaro y Tzintzuntzan; en la isla de Janitzio, y en otros centros importantes de población como San Jerónimo, Santa Fe, Uricho, Puácuaro e Ihuatzio, en los cuales es evidente la falta de ordenamiento del territorio y de planificación de su territorio.

Huamantla

Viajando desde la ciudad de Tlaxcala rumbo a Huamantla, lo primero que encontramos es el impresionante Parque Nacional La Malintzi, considerado como la región de mayor altura del estado, con sus 4 461 msnm (hasta la punta del volcán). El parque nacional, propiamente dicho, se localiza “tan sólo” a 3 000 msnm y su acceso se realiza por la carretera federal núm. 136. Allí podemos disfrutar de un maravilloso paisaje boscoso con inmensa variedad de vegetación, entre la que destacan los bosques de pinos, encinos, oyameles y abetos. Al pie del volcán se ubica el albergue del mismo nombre, donde a precios muy módicos podemos rentar cabañas para seis o nueve personas y disfrutar de una escalada hasta la cima del volcán, o de una relajante caminata por el frondoso bosque. Ahora bien, si nos gustan las emociones más fuertes y no le tenemos mucho miedo al frío, el albergue también nos ofrece un área para acampar, cosa que, sinceramente, no recomendamos en invierno, pues se llegan a alcanzar temperaturas de hasta –8°C. Aunque las cabañas poseen chimenea y cocina, el parque cuenta con un restaurante y un minisúper en el que podemos surtirnos de algunos víveres y recuerdos del lugar; y para que no batallemos por conseguir leña para la chimenea, la gente de ahí nos puede vender algunos “atados” para proveernos de calor.

En cuanto a las festividades, Huamantla destaca por su famosa y popular feria dedicada a la Virgen de la Caridad, que se lleva a cabo a partir del 14 de agosto, fecha en que se celebra la tradicional “noche en que nadie duerme”, durante la cual se realiza una impresionante procesión de poco más de 4 km por las calles de la ciudad, decoradas con tapetes de flores y aserrín coloreado que forman un singular camino sobre el que pasará la Virgen.
En estas mismas fechas se realiza, desde 1985, el ya tradicional Festival Internacional del Títere, que dura una semana y atrae a “titiriteros” de todas partes del planeta.
Huamantla también es conocida por su popular “huamantlada”, fiesta en la que sueltan varios toros de lidia (que abundan en el estado) por las calles de la ciudad, para ser toreados por aficionados.

Tlaxcala

En espera del visitante, muy cerca de las ciudades de México y Puebla, está la capital de Tlaxcala, diminuta en su extensión pero enorme por sus atributos. Tlaxcala es la capital del estado del mismo nombre, por cierto el más pequeño de la República Mexicana. Se trata de una ciudad en la que a cada paso se percibe el cuidado, tanto de sus autoridades como de sus habitantes, por conservar la armonía del entorno: calles impecables, relucientes monumentos coloniales y una atmósfera de luminosa tranquilidad provinciana.

Iniciamos el recorrido por Tlaxcala desde su plaza principal, la cual está rodeada de árboles centenarios que ofrecen su acogedora sombra a los transeúntes; en el centro de la plaza se ubican un pequeño quiosco y una fuente octagonal que el rey Felipe IV obsequió a finales del siglo xvii como un reconocimiento a los tlaxcaltecas por su participación en la conquista de México.

Frente a la plaza está la antigua Casa Real, que alguna vez sirviera de residencia a Hernán Cortés y a varios virreyes, y que actualmente aloja al Palacio de Gobierno. Esta soberbia construcción de dos niveles fue erigida en 1545. Su fachada central y los arcos del segundo piso son de cantera labrada con motivos florales, que destacan del resto de la construcción recubierta de ladrillos y yesería con los colores tradicionales de Tlaxcala: rojo y blanco.

A un lado del Palacio de Gobierno están el Palacio Municipal, con una espectacular fachada de tres arcos de cantera tallada con temas indígenas, y el Ayuntamiento, con sus vistosas postales en perfecta armonía con el resto del conjunto arquitectónico.

La parroquia de San José, al otro costado de la plaza, fue construida en el siglo xvi y reconstruida en el xviii, pues un terremoto destruyó la cúpula y los muros originales. Hoy ostenta una sola torre y una hermosa fachada de ladrillos y azulejos de talavera. En su interior se conservan importantes obras artísticas de la Colonia. A la entrada del templo hay dos pilas de agua bendita, una de las cuales fue levantada sobre parte de un monumento dedicado a Camaxtli, dios tlaxcalteca de la guerra.

El Palacio de Justicia de Tlaxcala ocupa la antigua Capilla de Indios. En su fachada barroca fueron esculpidos dos escudos alusivos al imperio español. Este edificio está muy cerca del Palacio Legislativo, en donde antaño estuviera el Mesón Real, el cual fue rescatado del olvido y restaurado exitosamente hace apenas dos décadas.

Otro edificio notable es el Teatro Xicoténcatl, inaugurado en el siglo xix. En ese recinto se conmemoró, en 1863, el primer aniversario de la Batalla de Puebla. En su plafón interior destacan las pinturas de las nueve musas en estilo art nouveau.

También son dignos de una visita la casona del siglo xix que hoy alberga a la Secretaría de Turismo y el Palacio de Cultura, construido en 1939, así como los restos del antiguo Hospital de la Encarnación que data de 1537 y que fue creado para contener la propagación de las grandes epidemias que diezmaron a la población indígena.

A unas cuantas calles del Palacio de Cultura, frente al atrio del convento de La Asunción, está la Plaza de Toros Jorge “Ranchero” Aguilar, sede de importantes eventos taurinos de nivel nacional e internacional.

Se dice que fueron los misioneros franciscanos, en el siglo xvi, los que llevaron a cabo la traza urbana de Tlaxcala, que por cierto aún se conserva. En sólo veinte años se erigieron los principales edificios civiles, el convento de San Francisco y el templo de San José, único en el país porque fue construido fuera de la plaza principal, ya que estaba destinado a los nobles tlaxcaltecas y no a los españoles recién llegados.

Si viene a Tlaxcala haga un alto en la Galería de Arte Tlaxyacan, no se arrepentirá. Y si desea estar en contacto con la naturaleza sin salir de la ciudad visite el jardín botánico, sito en el antiguo camino real a Ixtulco.

Bajo un cielo azul intenso, Tlaxcala, la primera ciudad del interior de Nueva España (fundada entre 1522 y 1525) es un remanso de paz que nos lleva de la mano hasta el siglo xvi, cuando Bernal Díaz del Castillo escribía: “Tlaxcala es grande y hermosa y en ella viven los nobles que vinieron de España a la conquista de México”.

Fuente: Tips de Aeroméxico No. 20 Tlaxcala / verano 2001

Lagos de Moreno, Jalisco

Lagos de Moreno, ciudad ubicada en el estado mexicano de Jalisco, a 1.942 m de altitud, en la parte noreste de la región de los Altos, formada por mesetas y lomas, y regada por el río Lagos, afluente del Verde. Es cabecera municipal y goza de un clima cálido y seco. Su industria es básicamente de procesado de alimentos (productos derivados de la leche, aceites vegetales y carnes), fabricación de calzado y de maquinaria agrícola. Es un centro comercial importante por estar bien comunicado. Se fundó, en 1563, con el nombre de Villa de Santa María de los Lagos. Su parroquia fue construida, en 1741, con piedra rosa y de estilo barroco. Dentro de ella se puede visitar el museo La Casa del Insurgente, donde nació Pedro Moreno, independentista en cuyo honor fue rebautizada la ciudad con su nombre actual. Destaca un antiguo convento de capuchinos, hoy convertido en Liceo Padre Guerra. Población (2000), 79.592 habitantes.

San Miguel de Allende, Guanajuato

Su fundación surgió de la necesidad de proteger y resguardar a los viajeros que transitaban entre Zacatecas y la capital del entonces reino de la Nueva España transportando principalmente minerales y que eran asediados por los nómadas indígenas de la nación chichimeca Hacia el año de 1542 fray Juan de San Miguel estableció en las cercanías de la actual ciudad una villa con el nombre de Itzcuinapan, dedicándole como santo patrono al Arcángel San Miguel. Aquella primitiva población tuvo severos problemas con el abastecimiento de agua, amén de los continuos y violentos ataques de los indígenas chichimecas de la regiones aledañas. Por ello los pobladores de la Villa de San Miguel trasladaron el asentamiento unos kilómetros al noreste; aquel era el sitio donde en 1555, a instancias del virrey don Luis de Velasco, sería fundada por don Ángel de Villafañe la Villa de San Miguel el Grande. El virrey además exigió que en ella se asentaran vecinos españoles a los que se les otorgarían tierras y ganado, mientras que a los indígenas que habitaran en ella se les perdonaría el tributo y serían gobernados por sus propios jefes para evitar rebeliones futuras.

El 8 de marzo de 1826 el Congreso del Estado la convirtió en ciudad y le modificó el nombre que en lo sucesivo sería el de San Miguel de Allende, en honor al célebre insurgente que naciera en ella (1769-1811 Luchó con el Cura Hidalgo por la Independencia, y fue nombrado Generalísimo tras solicitar la renuncia de Hidalgo).

Levantada en las faldas de las colinas, su estructura urbana debió adaptarse a los aspectos topográficos del terreno, aunque procurando respetar una forma reticular a la manera de un tablero de ajedrez. Este aspecto a la larga le permitió crecer de una manera mesurada y armónica, que al paso de los siglos ha conservado su carácter original.

Al interior de esa atrayente imagen colonial, se alojan diversos palacios de la época verdaderamente notables. Entre los más sobresalientes se encuentran el Palacio Municipal, antiguamente la casa consistorial construida en 1736. La casa donde nació Ignacio Allende, ejemplo de la arquitectura barroca de la ciudad sobre todo en su portada, y que actualmente es el Museo Regional. La Casa del Mayorazgo de la Canal, con una bella portada neoclásica, fue concluida hacia fines del siglo XVIII por don José Mariano de la Canal y Hervas, regidor, decano y alférez real. La antigua casa solariega de don Manuel T. de la Canal, construcción de 1735 que fuera reacondicionada según un proyecto del ilustre arquitecto español don Manuel Tolsá en 1809; el edificio aloja actualmente al Instituto Allende y en él destacan la amplitud de sus patios interiores, una preciosa capilla y su extraordinaria arquería. La Casa del Inquisidor, que sirviera de residencia al comisionado del Santo Oficio y que data de 1780. La Casa del Marqués de Jaral de Berrio, construida a fines del siglo XVIII, y la de los Condes de Loja con su elegante portada.

Por lo que se refiere a la arquitectura religiosa, la ciudad también ostenta tesoros arquitectónicos de extraordinario valor, como la iglesia y convento de Santo Domingo, sobria edificación de 1737. El convento Leal de la Concepción, que en la actualidad es el Centro Cultural, es una edificación notable por sus enorme patio; fue construido en el siglo XVIII por el arquitecto Francisco Martínez Gudlño.

La capilla de la Santa Cruz del Chorro, una de las más antiguas; el templo de la Tercera Orden, que data de principios del siglo XVII. El hermoso conjunto del templo y oratorio de San Felipe Neri, de principios del siglo XVIII; la iglesia posee una exuberante portada barroca realizada en cantera rosa y con una decoración de fuerte influencia indígena. Su interior cuenta con una variada y rica decoración entre mobiliario, esculturas y pintura digna de admirarse, además de la espléndida capilla de la Santa Casa de Loreto y su Camarín de la Virgen, ambas exquisitamente decoradas y que se deben a la devoción del marqués Manuel Tomás de la Canal. Cercano al oratorio se encuentra el templo de Nuestra Señora de la Salud, construido en el siglo XVIII con su portada remetida coronada por una gran concha.

También entre los más vistosos de la ciudad, está el templo de San Francisco, del siglo XVIII, con su hermosa portada churrigueresca, y la famosa parroquia es casi un símbolo de San Miguel de Allende; aunque su construcción de estilo neogótico es más reciente, fue edificada sobre la estructura del antiguo templo del siglo XVII, respetando por entero su interior y su planta original.

Muy cerca de la ciudad se encuentra el santuario de Atotonilco, construcción del siglo XIII de sobrias proporciones con aspecto de fortaleza y en cuyo interior se conservan valiosas pinturas del mismo siglo.
Más información en: http://www.worldisround.com/articles/101159/ (Churches of San Miguel)

Dolores Hidalgo

Dolores Hidalgo, población pequeña en tamaño pero enorme por su legado, sirvió de marco a la gesta heroica que encabezara don Miguel Hidalgo y Costilla.

Casi siempre que seleccionamos un lugar para descansar y olvidarnos de todo tipo de preocupaciones, escogemos las playas o los centros turísticos de mayor tradición, sin percatarnos de la existencia de pequeños sitios en los que, además de recobrar las energías, nos acercamos a las tradiciones del país, a su gente, a las anécdotas y personajes que lo caracterizan y, en general, a su forma de vida; son espacios donde el tiempo oscila entre el presente y el recuerdo.

Uno de estos sitios es el municipio de Dolores Hidalgo, Guanajuato, importante escenario donde comenzó el movimiento de independencia nacional.

La carretera que lleva a Dolores estaba un tanto solitaria; sólo algunos animales, unas espigas que parecían danzar de un lado a otro con el paso de los autos y el silbido del aire irrumpieron en nuestros pensamientos, ocupados en los detalles que encontraríamos en esta población pequeña en tamaño, pero enorme por su legado, que data de 1643, año en que el párroco don Álvaro de Osio y Ocampo donó los vecinos terrenos comprados a la hacienda De la Erre, para establecer los límites originales del pueblo.

Unos pasos más adelante nuestras inquietudes encontraron eco en una variedad de colores y formas provenientes del extenso catálogo de muestras artesanales que aquí se elaboran, dada su enorme tradición alfarera, mezcla del arte prehispánico y del español que encontró asiento en los talleres fundados por el padre Miguel Hidalgo y Costilla.

Y es él, precisamente, quien nos recibe, con su figura tallada en una enorme piedra que, junto con las torres de la iglesia, ya dejan entrever la belleza de su arquitectura.

Con una buena dotación de agua para resistir la temperatura que comenzaba a subir, iniciamos el recorrido por sus empinadas calles. En más de una ocasión experimentamos la necesidad de detenernos a mirar los detalles de sus construcciones coloniales, en especial los balcones, desde donde se tiene una hermosa vista panorámica.

Una sensación de tranquilidad rodeaba la plaza central, en la que manos cubiertas por el intenso sol entretejían con gran destreza varios canastos de distintos tamaños. Contrario a lo que sucede en las grandes metrópolis, desde este punto es posible divisar la mayoría de los edificios; la pregunta es con cuál de éstos empezar nuestro recorrido. Una buena opción era iniciar con los centros religiosos, entre los que destaca La Parroquia, ubicada frente al parque. Según cuenta la historia, desde su atrio el cura Hidalgo convocó a los habitantes para emprender la lucha de liberación de la Nueva España, el 16 de septiembre de 1810.

Su fachada es una de las más imponentes; cada línea converge en un estilo barroco que hábilmente juega con sus formas hasta llegar a los extremos de la ornamentación. La gran altura de sus torres nos hace mirarla de arriba abajo para no perder detalle alguno de la alegoría sobre la muerte de Jesús en la cruz. En la parte central se ubica la Virgen María, en representación de la Dolorosa, patrona del lugar.

En uno de sus campanarios pendía la campana que Miguel Hidalgo hizo sonar como símbolo del surgimiento de una nueva etapa de libertad, y es precisamente este sonido la llamada para visitar otro sitio, no sin antes atender la recomendación de los lugareños de disfrutar del espectáculo de luz y sonido que se realiza los fines de semana en recuerdo de las acciones del cura y su ejército insurgente.

Luego de esta visita decidimos seguir por la calle de Zacatecas hasta llegar al Museo Nacional de la Independencia, otrora cárcel del poblado, de donde Hidalgo liberó a algunos de sus seguidores.

De entrada, el encargado hizo muestra de la calidez característica de los pobladores, razón por la que no dudamos ni un minuto en recorrer las crujías que fueron acondicionadas como salas, donde se exhiben mapas, murales y figuras que conducen a un viaje por el México antiguo, sus creencias, la división territorial y las condiciones culturales y sociales prevalecientes antes y después del dominio español. También es posible conocer los diferentes aspectos del desarrollo de Dolores, por ejemplo lo relativo al campo de las artesanías.

Desde uno de los tres patios que rodean el lugar se vislumbra un espacio dedicado al representante de la música vernácula no sólo de este lugar sino de todo el país: José Alfredo Jiménez (1926, El Rey, Amanecí en tus brazos, El siete mares). Al momento de mirar sus trajes charros bordados, las partituras y los reconocimientos que recibió, corre por nuestras venas el deseo de escuchar la música de un buen mariachi, acompañado de los amigos y de un tequilita, para hacer eco de la tradición mexicana de interpretar alguna canción por la vida, por las desgracias y, por qué no, hasta por el amor.

Después de concluir este paseo por nuestras raíces, el medio día iluminaba con su máximo esplendor: era el momento indicado de regresar a la plaza y disfrutar de una bebida bien refrescante. Sin embargo, buena sorpresa nos llevamos, pues en lugar de la bebida encontramos más de cien sabores de exquisitas nieves, al gusto de cualquier paladar, desde los tradicionales de fresa y limón, hasta los más exóticos de chicharrón en salsa verde, mole poblano, piña colada, camarón, elote, tequila, aguacate, mantecado y, sí, también de cerveza.

Unos minutos bastaron para finalizar el exquisito barquillo, en tanto admirábamos las demás construcciones que nos rodeaban, como la Casa de las Visitas. A primera vista aparecen cinco balcones sostenidos por arcos cuya forma y decoración hacen pensar en su antigüedad. Así es, el edificio data de 1786; de ahí partió don Miguel Hidalgo a liberar a los presos la madrugada del 16 de septiembre. Actualmente la propiedad pertenece al estado de Guanajuato y recibe a personajes distinguidos, como al presidente de la República o a su representante, que acuden el 15 de septiembre de cada año con objeto de dar el “grito”.

Girando un poco a la derecha, en la parte central, una enredadera resguarda la estatua del cura, inaugurada en septiembre de 1891. A decir de uno de los pobladores, en la base del monumento de cantera rosada antes se colocaba un ataúd con monedas y escrituras que confirmaran el origen del movimiento, en caso de un ataque por parte del bando enemigo.

La tarde comienza a caer y nuestro apetito despierta con el exquisito sazón proveniente de diversos restaurantes de comida mexicana. Existen opciones para todos los gustos y bolsillos; las carnitas es una de las alternativas que, sin duda, representa una verdadera delicia de la cocina dolorense.

Con el avance del día la temperatura disminuye, y es por lo tanto el momento más indicado para continuar la búsqueda de otros testimonios históricos. No pasaron ni cinco minutos cuando ya estábamos en el Museo de la Casa de Hidalgo.

Sus seis salas resguardan ejemplares de barro vidriado, proclamas a la nación americana, un estandarte de la Virgen de Guadalupe, vestimentas sacerdotales, el primer bando de abolición de la esclavitud y una urna funeraria con los restos óseos de Hidalgo, entre otros muchos objetos históricos.

La casa fue ocupada por el cura en 1804 y después se constituyó en un cuartel de fuerzas contrarias y de bandoleros.

La noche, por su parte, comenzaba a tornarse de un grisáceo místico, las horas se habían esfumado en un abrir y cerrar de ojos, y las carretas de frutas se retiraban. Pero antes de irnos deseábamos adquirir algunos recuerdos del lugar.

Todas las tiendas de artesanía ofrecen distintos objetos para cada rincón del hogar o para el lugar predilecto; lo mismo cofres y pequeños cuadros, que cruces, floreros, portarretratos, tazas, juegos de vajilla, lámparas y un sin fin de artículos elaborados con técnicas y estilos de gran originalidad. Algunos artesanos hacían gala de sus habilidades en barro, mientras que otros hablaban de las bondades de sus piezas en cerámica, o de su herrería artística de acabado colonial.

La calidad con que se realizan todas estas artesanías es tal, que bien valdría la pena llevar a casa cada uno de estos trabajos; sin embargo, la mochila sólo tiene espacio para unos cuanto ejemplares, así que nos decidimos por los objetos de talavera, detallada con flores, y algunos artículos de madera.

La hora de partir es inevitable, pues bien podríamos pasar unos días más entre la amabilidad de su gente, en una noche estrellada y con el ambiente de alegría que florece en las diversas festividades realizadas anualmente: la celebración de Dolores (Semana Santa), la de Nuestra Señora de la Soledad (mayo), la Virgen de Loreto (septiembre) y la Purísima Concepción (noviembre y diciembre), entre otras.

Ya de regreso, las luces de sus templos y el azul marino de la noche irrumpieron en nuestra mente, inmersa en reflexiones sobre los sitios que además de ser fieles testigos de una o varias épocas, son un espacio en el cual es posible encontrarnos con nosotros mismos, en medio de una atmósfera de tranquilidad, belleza, emoción y aventura. Para ello sólo existe un requisito: abrir los sentidos a las voces e imágenes presentes, con la única consigna de empaparnos de sus anécdotas y guardarlas en nuestra memoria histórica.

Ixtepete, Jalisco

Zona arqueológica.

Cacaxtla , Tlaxcala

En 1975 vieron la luz, como producto de un, ya no sorprendente saqueo, las ruinas arqueológicas de lo que en tiempos antiguos fuera un centro ceremonial, hoy conocido como Cacaxtla, situado en los valles de la región de Puebla-Tlaxcala.

Esta singular zona arqueológica, famosa entre los amantes de la arqueología por estar totalmente cubierta por una moderna estructura metálica, a manera de techo, muestra a sus visitantes los restos arquitectónicos de lo que en realidad fueran varios edificios superpuestos, decorados con importantes vestigios de la pintura mural con que en tiempos antiguos eran engalanados los aposentos de las clases dirigentes de las épocas pretéritas.

Fue precisamente tras este hallazgo, que los arqueólogos y especialistas decidieron techar el sitio, para que con ello, la luz del sol y el agua de las lluvias, no dañaran las nuevas pinturas descubiertas.

Según los estudiosos del México prehispánico, Cacaxtla tuvo su esplendor entre el año 700 y el 900 de nuestra era, tras la decadencia de Teotihuacan como la capital más importante del altiplano central, en un periodo mejor conocido por los arqueólogos como el Epiclásico, cuando surgieron numerosas ciudades como: el Tajín o Xochicalco, pequeñas capitales que nunca alcanzaron la grandeza de la capital de los teotihuacanos.

Fue durante este periodo también, cuando numerosos grupos provenientes del sur, mejor conocidos como “olmecas-xicallancas”, se establecieron en la región de los valles de Puebla-Tlaxcala para erigir sus ciudades capitales, aprovechando la estratégica posición que estos guardan en la ruta de tránsito que va desde Costa del Golfo y hacia el altiplano central mexicano.

Sin duda, la verdadera importancia de este sitio arqueológico radica en que Cacaxtla es un claro ejemplo del sistema de construcción que utilizaron sus antiguos habitantes, quienes una sobre otra, levantaron una nueva etapa constructiva sobre el gran montículo orientado en dirección norte-sur. Es decir, que sobre una primera edificación construyeron un nueva que cubrió a la anterior, de la misma manera que la capa más superficial de una cebolla, cubre a las que están en su interior.

Fue gracias a este sistema de construcción, que tanto las ofrendas rituales, los utensilios y por supuesto, las pinturas murales se conservaron así hasta nuestros días sin perder su vistoso colorido. Finalmente, y ya que hablamos de estos vestigios de la pintura mural con que estaban decorados los muros del gran basamento de Cacaxtla, cabe señalar que su estudio aun continúa en proceso de investigación y que los aportes del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional al respecto, han sido muy notables en los últimos años. Pero mientras tanto, los misterios de esas antiguas civilizaciones seguirán motivando la visita a estos lugares mágicos del México Desconocido...

Fuente: Exclusivo de Mexico desconocido On Line

Xochicalco, Morelos

Una de las principales zonas arqueológicas de nuestro país es Xochicalco, ubicada dentro de los municipios de Miacatlán y Temixco, en la porción occidental de Morelos, a unos 32 kilómetros de Cuernavaca.

Xochicalco, que en lengua nahua quiere decir “lugar de la casa de las flores”, se asentó sobre un grupo de cerros bajos que fueron modificados para construir en sus cimas y laderas varios edificios.

Las investigaciones realizadas a la fecha han cambiado la idea que se tenía de Xochicalco, pues se creía que era un asentamiento de tipo religioso y se trata en realidad de una ciudad cosmopolita, en la que confluyeron diferentes culturas, como la maya, zapoteca y totonaca, con lo cual podemos decir que en su momento tuvo una gran importancia a todos los niveles.


El segundo de los muchos cronistas que ha tenido Xochicalco fue Pedro José Márquez, quien en su artículo titulado Dos monumentos antiguos de arquitectura mexicana, de 1804, trata de Xochicalco. Atribuyó su construcción a los toltecas y opina que "se concluirá que dicho monumento haya sido parte de aquellos palacios de los reyes toltecas... y que en su cima hubiese una capilla donde se adorasen sus dioses; y que para los amantes de la astronomía sirviese también de observatorio, y que fuese destinado en caso de necesidad a servir de fortaleza".En relación con los "jeroglíficos" esculpidos en la fachada del edificio, dice que "deben significar las ideas singulares y los conocimientos científicos" de los constructores, y se pregunta cuál sería el artificio usado para acarrear desde lugares remotos y colocar en su lugar las grandes piedras en las que están realizados dichos relieves que son "de construcción admirable... y acabada con lo mejor que los talladores saben hacer, y unidas, por lo más, sin mezcla". El artículo de Márquez tuvo gran importancia porque fue el primero que se publicó en Europa acerca de los monumentos prehispánicos de México, escrito por un autor versado en la estética y en la crítica de la arquitectura.



Hacia mediados del siglo, el sitio de Xochicalco era tan conocido que mereció una visita de la Emperatriz Carlota y fue mencionado en una de las primeras novelas de Julio Verne. Entre 1857 y 1858, los integrantes de una expedición húngara a América hacen una serie de fotografías de varias partes del continente y entre ellas se conservan cuatro esplendidas imágenes de la pirámide de Xochicalco que se encuentran en la Biblioteca de Budapest, Hungría.

De especial importancia fueron los informes publicados por Eduardo Seler y Antonio Peñafiel, resultado de su visita a Xochicalco en 1887, y que constituyen verdaderos estudios científicos aún hoy valiosos para los investigadores. Peñafiel, además de sus descripciones y observaciones, publicó los primeros dibujos exactos de la Pirámide de las Serpientes Emplumadas así como de las numerosas piedras que yacían al pie del monumento, varias de las cuales ya se han perdido. Seler, en su artículo Las Ruinas de Xochicalco (1888), es el primero en intentar un análisis iconográfico de las figuras esculpidas en la Pirámide. Su gran experiencia en la iconografía de otros sitios de Mesoamérica hace especialmente valiosa su contribución al estudio de Xochicalco.


El desarrollo y apogeo de esta ciudad-estado tuvo lugar durante un periodo relativamente corto, conocido como Epiclásico (650-900 d.C.), en el que surgieron nuevas formas de organización política, económica y cultural con motivo del declive de Teotihuacan como centro hegemónico. El crecimiento acelerado que caracterizó a este periodo, la inestabilidad política, el reacomodo de los centros de influencia y el predominio del militarismo llevaron a las ciudades del Epiclásico a un periodo de decadencia hacia el 900 d.C., lo cual explica en parte la corta duración del apogeo de Xochicalco, su destrucción violenta y posterior abandono.

Sin duda, y desde tiempos remotos Xochicalco es conocido por la Pirámide de Quetzalcóatl o de la Serpiente Emplumada, ya que en ella se observan relieves de serpientes, personajes, símbolos calendáricos, símbolos de lugares y su peculiar arquitectura. Así como del observatorio o cueva de los astrónomos en donde se puede observar el equinoccio de primavera. Pero también es importante señalar la plaza de la Estela de los dos glifos, así como la Acrópolis, asentamiento habitacional de la élite. Temazcales y juegos de pelota se suman a las estructuras más relevantes del sitio.

El Observatorio
La gran cantidad de cuevas que se encuentran en las laderas del cerro, no son naturales, fueron excavadas por los xochicalcas para obtener materiales para la construcción; muchas de ellas, fueron acondicionadas para ser usadas con diferentes propósitos, tal es el caso de la cueva en donde se encuentra el Observatorio, en donde se estudiaba el movimiento del sol. Presenta en su interior un pasillo y una gran cámara con una chimenea, cuya boca del tiro es hexagonal; dicho tiro tiene una ligera inclinación para que los rayos penetren y se vea el hexágono proyectado en el piso de la cueva.

En el periodo de 105 días, que va desde el 30 de abril al 15 de agosto, el sol penetra por la boca de la chimenea. En el movimiento del sol hacia el Trópico de Cáncer y a su regreso, respectivamente los días 14/15 de mayo y 28/29 de julio, el astro esta en su cenit y en el mediodía astronómico: el haz de luz cae directamente a través del tubo proyectando la imagen del sol en el piso del subterráneo. Seguramente aprovechando el fenómeno solar, el lugar fue usado también para ceremonias religiosas.

Fuentes: Tips de Aeroméxico No. 23 Morelos / primavera 2002
http://www.inah.gob.mx/xochicalco/Xochicalco/Zonar/zax_contenido.htm

La Quemada o el Mítico Chicomoztoc (Zacatecas)

El sitio arqueológico de La Quemada, también conocido como Chicomoztoc, forma parte del imaginario mexicano que lo convirtió en el lugar mítico por donde habrían pasado los mexicas en su peregrinación hacia el centro de lo que hoy es México.

Situada en la frontera entre el norte de México y el occidente –las dos regiones culturales que han recibido menos atención en lo que a investigación se refiere–, La Quemada continúa siendo hasta hoy un espacio enigmático cuya historia completa está aún por conocerse.

Si bien es cierto que pudo haber sido ocupada ocasionalmente por grupos nómadas, dedicados mayormente a la caza y a la recolección, muchas de las evidencias que pudiéramos tener sobre la presencia de los chichimecas nos han sido negadas por el paso de los años y por la acción de la lluvia y del viento. Los embates de la naturaleza se llevaron el aplanado de barro y cal, además del mortero que servía para darle unidad a las piezas que formaban el conjunto de edificios y basamentos.

Pero no sólo la naturaleza se encargó de borrar los perfiles que le daban forma definitiva a La Quemada, también los colonizadores, a partir de la segunda mitad del siglo XVI, utilizaron los edificios como materia prima para construir las ciudades y los pueblos que conformaron la nueva geografía urbana de la región.

Debido a muchos factores ha sido difícil para los arqueólogos determinar el origen del sitio y su filiación cultural, por lo que muchos investigadores han especulado en cuanto a definir y caracterizar a La Quemada; los hay quienes la consideran una avanzada teotihuacana hacia el norte, un desarrollo tolteca, una fortaleza de los combativos tarascos, el famoso y legendario Chicomoztoc, un centro caxcán y, finalmente, como es lógico, un importante asentamiento defensivo que dio cobijo a grupos indígenas asentados al norte de la frontera marcada por el río grande de Santiago.

Sin embargo, gracias a los trabajos de Peter Jiménez, hoy sabemos que La Quemada estuvo ocupada entre los años 500 y 900 de nuestra era; los análisis de laboratorio permitieron concluir que se trata de un asentamiento que creció y se desarrolló en los mismos años que corresponden al apogeo y ocaso de Teotihuacan. Aparentemente el sitio fue abandonado cuando los toltecas fundaron la ciudad de Tollan.

Lo cierto es que La Quemada sigue ahí con sus estructuras sobre un cerro que alcanza los 250 metros sobre el nivel del valle. Quien observa su disposición arquitectónica tiene la sensación de que se trata de una fortaleza, en la que pueden identificarse más de cuarenta plataformas o terrazas de diferentes dimensiones. Pero aun cuando pudiera definirse como un enclave defensivo, una visión cuidadosa del conjunto nos permite distinguir también su carácter cívico-religioso. La mayor parte de lo que vemos hoy en La Quemada corresponde a la última etapa de ocupación; se trata de un conjunto ceremonial fortificado que guarda enorme similitud con los que se encuentran en Mesoamérica durante el Epiclásico (600-900 d.C.).

La existencia de un centro cívico-religioso como La Quemada sólo se explica a partir de la presencia de una actividad agrícola permanente, capaz de sostener la mano de obra necesaria para construirla. Todo hace pensar, y las evidencias así lo demuestran, que los habitantes del valle en el que está asentada La Quemada, el de Malpaso, cultivaban maíz, frijol, calabaza y maguey, además de recolectar productos silvestres, como semillas de amaranto, jitomate y nopal.

Atendiendo a su posición geográfica, que le permitiría establecer relaciones con otros asentamientos vecinos, La Quemada pudo haber sido parte de una red de intercambio en la que intervinieron Chalchihuites –que destacó por su actividad dedicada a la minería–; el Cañón de Juchipila y el Valle de Atemajac, el área de Aguascalientes y los Altos de Jalisco hasta el noroeste de Guanajuato. Esta red seguramente propició el trueque de productos de diversa índole, entre los que podrían mencionarse los minerales, la sal y la concha, como parte de la intensa actividad comercial que tuvo lugar en esa época en el noroeste de Mesoamérica. No se descarta la posibilidad de que una actividad de esas características provocara enfrentamientos entre quienes se disputaban el control de una región donde además se comerciaba con la turquesa procedente de lugares tan lejanos como Nuevo México; este último hecho supone la existencia de un corredor comercial que se extendió en su apogeo a lo largo de más de mil kilómetros al norte y representó un vínculo real con el territorio conocido como Aridoamérica.

Las construcciones más importantes de La Quemada se levantaron, como era lógico, en su momento de apogeo; así, observamos el Salón de las Columnas, el Juego de Pelota, la Pirámide Votiva y la mayor parte de las calzadas.

Las investigaciones realizadas por Peter Jiménez han permitido conocer algo más sobre su crecimiento y apogeo, así como del momento en que la ciudad fue abandonada por sus habitantes primigenios.

Son muchos los secretos y las historias que aún guarda este sitio, pues como señala Jiménez, se ha explorado apenas el cinco por ciento de la zona. Estamos seguros de que investigaciones futuras ayudarán a resolver algunas de las incógnitas que impiden descubrir con toda certeza el origen de este asentamiento y los motivos que obligaron a sus moradores a abandonarlo. Como en otros lugares de Mesoamérica, el colapso de La Quemada sólo podrá explicarse cuando ella misma nos cuente, con los datos que aporte la arqueología, la historia de su pasado; mientras tanto podemos imaginar, y esto es perfectamente factible dada su posición geográfica, que por ahí transitaron los hombres de las llanuras norteñas y que los chichimecas hicieron de ese territorio una trinchera frente a la avanzada española.

Fuente: Pasajes de la Historia No. 9 Los guerreros de las llanuras norteñas / febrero 2003

Cholula

Decir Cholula es evocar lo sagrado. Habitada durante veinticinco siglos ininterrumpidamente, desde la época prehispánica hasta nuestros días, la ciudad alberga treinta y nueve iglesias que fueron construidas sobre los antiguos templos indígenas llamados teocalis. Hoy sigue siendo lo sagrado-ritual su eje más importante, y prueba de ello es su apretado calendario de fiestas religiosas tradicionales.

Si va usted de Puebla a Cholula, antes de llegar a ésta podrá admirar una magnífica vista del volcán Popocatépetl, teniendo en primer plano el templo de la Virgen de los Remedios, edificado sobre los basamentos de la Gran Pirámide de Cholula. De la misma época y junto a éste, se levantó una capilla de indios o capilla real, cuyo techo impresiona por lo espectacular de sus 63 bóvedas que cubren las siete naves del templo y las dos series de capillas laterales.

Fuente: Tips de Aeroméxico No. 13 Puebla / otoño 1999

Desde el inicio de la era cristiana y hasta el siglo XVI, se levantaron en la parte central de la actual República Mexicana, numerosas ciudades y centros ceremoniales donde los supremos sacerdotes rindieron culto a las antiguas divinidades de la época prehispánica.

Uno de los más importantes asentamientos que se levantaron en aquellos tiempos fue la ciudad de Cholula, importante capital indígena cuyos vestigios arqueológicos, aún se pueden apreciar en las inmediaciones de lo que ahora es la moderna Cholula, localizada en el estado de Puebla, a escasos 20 km al poniente de la “Ciudad de los ángeles”.

La zona arqueológica de Cholula aún conserva los restos de lo que fuera la mayor edificación piramidal del México antiguo. Se trata de una estructura que en realidad se conforma de siete estructuras sobrepuestas, y que aproximadamente mide 400 m por lado. Los trabajos para la restauración de esta construcción prehispánica iniciaron a finales de la década de los años 60, y aunque otras pirámides y edificios prehispánicos aún permanecen ocultos bajo la tierra, los más recientes trabajos arqueológicos dieron como resultado, el descubrimiento de importantes pinturas con que fueron decorados algunos de los muros de la edificación. Estos murales, entre ellos el más popular conocido con el nombre de los “bebedores”, han permitido a los investigadores conocer varios de los aconteceres de la vida religiosa de los antiguos habitantes de la ciudad de Cholula.

Según las viejas tradiciones históricas, luego de haber sido expulsado de Tula, el mítico sacerdote Quetzalcóatl permaneció durante algún tiempo en Cholula. Tras una breve estancia, el señor “serpiente emplumada” abandonó esta ciudad para más tarde embarcarse hacia su destino final, en las costas del este.

Años más tarde, hacia 1519, y precisamente después de arribar por las costas del este en Veracruz, el conquistador español Hernán Cortés y sus hombres pudieron conocer a la antigua ciudad de Cholula en todo su esplendor, pues fue precisamente esta, uno de los sitios por donde las huestes europeas avanzaron durante su trayecto hacia la ciudad de México.

Aquí tuvo lugar uno de los pasajes más sangrientos de la conquista de México cuando el capital español ordenó la matanza de decenas de guerreros desarmados iniciándose con ello, la caída y sistemática destrucción de la afamada “Chollolan”, erigiéndose así, sobre las ruinas de la antigua capital indígena, una nueva ciudad colonial caracterizada por la construcción de numerosas iglesias cristianas, las cuales, en la actualidad, constituyen el principal atractivo de este hermoso rincón poblano.

Fuente: Exclusivo de Mexico Desconocido on line

Acozac

Ciudad prehispánicas digna de visitarse en el estado de México es Acozac, en el municipio de Ixtapaluca, ocupada por toltecas y aztecas entre los años 900 y 1521 d.C.; y Calixtlahuaca, en el municipio de Toluca, cuyos asentamientos matlatzincas y aztecas se han registrado entre los años 1500 a.C. y 1521 d.C.

La Organera Xochipala

La zona arqueológica se encuentra en la región semiárida y montañosa del centro del estado de Guerrero. El poblado está asentado sobre restos prehispánicos y en lengua náhuatl significa “la flor que pinta de rojo”.
La Organera Xochipala, es poco conocida arqueológicamente y ha sido saqueada durante varias décadas, sin embargo, investigaciones recientes permiten esbozar su desarrollo histórico-cultural; sabemos que formó parte de la cultura mezcala.
La Organera Xochipala tuvo su apogeo de 650 a 900 d.C y abarca 18 000 metros cuadrados.
Su surgimiento se debió a varios factores, entre los que sobresale la defensa de su territorio, ya que junto con otros sitios contemporáneos protegió las tierras de cultivo del valle conocido como El Llano.

Tula

Edificio de los AtlantesEste edificio que es el más importante para el visitante, se encuentra en el lado norte de la plaza, y frente a él, se halla un gran vestíbulo con numerosos pilares. Consta de varios cuerpos que originalmente estuvieron cubiertos con paneles de piedra, las cuales representan lo que parece ser una deidad muy elaborada, y a sus lados, unas aves que están devorando lo que se ha interpretado como corazones, de los que brotan tres gotas de sangre. Arriba de este detalle, se encuentran representados jaguares y coyotes, algunos de los cuales llevan un collar al cuello. Al explorarse este edificio, en la década de los años cuarentas, se descubrieron en su lado norte los restos de los llamados atlantes, los que finalmente fueron colocados en la parte superior, para lo cual se reconstruyeron algunos cuerpos del edificio, al igual que su escalinata principal, de la que no quedaba casi nada. El templo consta de una base escalonada de cinco cuerpos, de planta casi cuadrada de 38 metros por lado y 10 de altura.
Las cariátides o Atlantes representan a Tlahuizcalpantecuhtli en pie, como guerrero celeste, con los brazos colocados verticalmente sobre su cuerpo y empuñando en su mano derecha un átlatl o lanza-dardos, y en la otra, un haz de flechas. Sobre el pecho, tienen un pectoral en forma de mariposa, y visten con un faldellín y un gran cinturón anudado al frente; en su parte posterior, tienen un disco solar. Un atlante es original, mientras que los otros son una copia, debido al estado en que se encontraron.0
Los pilares (atrás del atlante en la foto), muestran la representación de un personaje que se ha identificado como Quetzalcóatl, y un atado de flechas. Tanto en la base, como en la parte intermedia y alta del pilar, puede verse la figura de lo que parece ser un cipactli (cocodrilo).
Estos atlantes y los demás pilares descubiertos, están hechos en secciones, con el sistema espiga y caja; es decir, que se van colocando las piezas una sobre otra, empotrándose la saliente o espiga de la pieza de abajo en un agujero que presenta la que va colocada arriba, y ésta, a su vez, tiene una espiga en su parte superior para la siguiente pieza.

Palenque

CRONOLOGÍA
200 Primeros asentamientos de Olmecas nómadas.
300 Comienza construcción de las estructuras típicas
500 Palenque gobernada por una mujer: la Señora Ol Nal.
600 Guerra con Bonampak. El estandarte de guerra palencano es confiscado por Bonampak
615 El Rey Pacal asciende al trono. Epoca de oro durante la cual se construyen los edificios más importantes.
685 Chan Bahlum asciende al trono heredando a su padre consolida a palenque como potencia del periódo clásico.
799 La Ciudad empieza a decaer.



La Tumba de Pacal
http://www.mayadiscovery.com/es/arqueologia/palenque/tumba/A.html (explicación interactiva)

Una de las piezas más significativas de Palenque es la tumba del rey Pakal. Ésta fue descubierta en 1952 por Alberto Ruz Lhuillier en el interior del Templo de las Inscripciones. Pakal murió el 31 de agosto del 683 d.C., a los 80 años de edad. Ascendió al trono en el 615, a los 12 años, y gobernó sesenta y ocho. Durante su largo reinado convirtió a Palenque en la ciudad más importante de finales del Clásico (250 - 900 d.C.). Ya mayor, sintiendo cercana la muerte, inició la construcción de su templo funerario hacia el 675.
Como la cripta es más grande que la entrada a la misma, los especialistas consideran que fue construida antes que se hiciera la pirámide. El cadáver de Pakal descansó en un sarcófago de piedra caliza con silueta de cuerpo humano que fue sellado con una lápida de 3.8 por 2.2 metros. Una vez completados los ritos funerarios y sellada también la cámara, se colocaron cinco o seis víctimas sacrificiales en un pequeño recinto delante de la puerta cubierta de yeso. La escalera que conduce por el interior de la pirámide hasta la tumba, fue rellenada con cascajo y ofrendas de jade, cerámica y conchas. También se colocó un respiradero de piedra, o "psicoducto", que sube por las escaleras hasta el piso superior del templo. Según la investigadora Linda Schele, los mayas consideraban que el ducto permitía a una mitológica serpiente el paso desde la tumba hacia el mundo de los vivos.
La escena representada sobre la lápida que cubre el sarcófago representa el instante de la muerte de Pakal y su caída al Inframundo. Todo el evento está enmarcado por una franja celeste, con kin (día, sol) en la parte superior derecha o noreste y akbaal (noche, oscuridad) en el extremo izquierdo o noroeste. El paso de Pakal de la vida a la muerte es representado con el movimiento del sol de este a oeste. El fondo de la escena está lleno de signos—conchas, abalorios de jade y otros—que se encuentran sobre volutas de sangre.
En la parte inferior se simbolizan las fauces abiertas del Inframundo. El esqueleto de dos dragones, unidos por la mandíbula inferior, integran el recipiente en forma de "U" que representa la entrada al mundo de los muertos. Sus labios se curvan hacia adentro, como si estuvieran por cerrarse sobre el cuerpo en caída de Pakal. De ahí arranca el Árbol del Mundo, centro del Universo. Un Pájaro Celestial, símbolo del reino celeste, se halla sobre la copa del árbol.
El Árbol del Mundo está marcado especialmente como una entidad sagrada: los signos te (árbol) confirman que es una ceiba. Los signos nen (espejo) lo señalan como algo brillante y poderoso. Una enorme figura del Dios C, símbolo de la sangre y lo sagrado, está inserta en la base del tronco y unida al cuerpo de Pakal. Los extremos de las ramas son los recipientes de la sangría del sacrificio; los dragones de narices cuadradas que salen de aquéllos están rodeados de cilindros y abalorios de jade, lo que los distingue como especialmente sagrados. Cubiertos de joyas, estos dragones contrastan con los dragones esqueléticos que tienen debajo. Los de arriba representan al Cielo, el más sagrado de los tres niveles del cosmos maya; los otros al Inframundo, al que cae Pakal.
Las ramas del Árbol del Mundo son recorridas por una serpiente bicéfala en barra, símbolo maya de la realeza. El cuerpo está hecho de segmentos de jade, lo que de nuevo les da especial valor. Las cabezas que hay a cada extremo de la barra corresponden, rasgo por rasgo, a los de los dragones esqueléticos de las fauces del Inframundo. De éstos salen, al oeste, el Dios K (oscuridad), y al este el Dios Bufón (luz).
Mientras cae por el Árbol del Mundo, Pakal se asienta sobre un monstruo solar. Éste aparece en un estado de transición entre la vida y la muerte: es esquelético de la boca para abajo, pero sus ojos tienen las pupilas dilatadas de los seres vivos. En la vida real, el sol entra en ese estado de transición al amanecer y al ocaso. Aquí, sin embargo, el emblema del monstruo solar contiene un cimi, o signo de la muerte, lo que especifica que la imagen marca la "muerte del sol" o puesta del sol. El astro, situado en el horizonte, está listo para zambullirse en el Inframundo. . . y llevará consigo al rey difunto.
Pakal parece tambalearse sobre la cabeza del monstruo solar en una posición irregular. Esta extravagancia señala que también él está en transición de la vida a la muerte. Se desprende de su taparrabo y de las pesadas cuentas de su collar (tiene una parte delantera y otra dorsal), que flota escapándosele del cuerpo; va con las rodillas flexionadas, las manos relajadas, el rostro bien compuesto: no cae aterrado, porque espera vencer a la muerte. Un hueso prendido de su nariz significa que incluso en la muerte lleva consigo la simiente del renacimiento. En maya, los vocablos "hueso" y "semilla grande" son homófonos; así pues, el hueso es la semilla de la resurrección de Pakal. Finalmente, Pakal cae como deidad: su frente está penetrada por el cuchillo del dios K. El rey fue dios durante su vida y es dios al caer en la muerte.

Campeche

Con el fin de protegerse, los campechanos construyeron un primer sistema de defensa, que pronto resultó insuficiente ante los continuos ataques piratas.

Imágenes de piratas, murallas y galeones, de cañones, arcabuces, flechas y ballestas, pasan por nuestra mente cuando cruzamos la monumental Puerta de Tierra y caminamos por las estrechas callejuelas de Campeche.

Es el término “campechano” sinónimo de franqueza, simpatía y tranquilidad, aunque también se usa en gastronomía para designar aquellos alimentos o bebidas que se preparan con dos o más componentes al momento de tomarlos.

El término, que ha dado la vuelta al mundo, tiene sus raíces en las palabras mayas kin, “sol”, y pech, “garrapata”; sin embargo, fueron los campechanos, mezcla de mayas y españoles quienes por su carácter forjaron el significado de “campechanidad”.

DESCUBRIMIENTO Y FUNDACIÓN

En un día de San Lázaro de 1517, los habitantes de un puerto maya llamado Kin Pech, situado a orillas de una anchurosa y apacible bahía, vieron anclar frente a sus costas tres grandes navíos en los que viajaban 113 soldados españoles fuertemente armados, bajo el mando de Francisco Hernández de Córdoba, todos ellos con el encargo del entonces gobernador de Cuba, Diego Velázquez, de buscar nuevas tierras y riquezas.

Los españoles fueron invitados por los principales del lugar a conocer el puerto, y lo que vieron les impresionó: había grandes templos de piedra bien labrada, decorados con figuras humanas y de animales, adornos en forma de cruces y un altar con gotas de sangre.

Los soldados españoles, temerosos de una emboscada por parte de los mayas, decidieron abandonar el puerto y continuar su exploración.

El tiempo siguió su curso y hacia 1526 don Francisco de Montejo, natural de Salamanca, España, quien había participado en las expediciones de Juan de Grijalva y Hernán Cortés, recibe del emperador Carlos V el título de adelantado y la instrucción de conquistar y poblar la península de Yucatán.

En 1527 Montejo al mando de unos cuatrocientos soldados distribuidos en cuatro barcos, donde también viajan su hijo y su sobrino de igual nombre que él, llegan a la isla de Cozumel y de allí se dirigen a tierra firme, para desembarcar en las costas de Yucatán. A través de una dificultosa marcha los exploradores van descubriendo aldeas, pueblos y ciudades. Asombrados a cada paso, contemplan impresionantes pirámides, hermosos palacios, observatorios astronómicos, juegos de pelota, imágenes de dioses y sobre todo gente cuyo idioma y vestimenta les resultan extraños.

Después de tocar varios sitios, decide establecer al sur de Kin Pech un campamento militar al que nombra Salamanca de Campeche.

Firme en su propósito de conquistar la península de Yucatán, parte hacia la Nueva España en busca de ayuda, pero luego de conseguir el apoyo de las autoridades, éstas le encomiendan pacifique primero a los mayas de Tabasco, por lo que envía a su hijo y a su sobrino a Champotón en 1537, mientras él cumple con el nuevo compromiso. Sin embargo, hacia 1540 don Francisco de Montejo, encontrándose gobernando la ciudad real de Chiapa, cede a su hijo los poderes de conquista de la península que el rey le había conferido, y manda traerlo desde Champotón para hacérselo saber y darle instrucciones.

Puestos de acuerdo padre e hijo, Montejo el Mozo retorna a Champotón para preparar su salida a Kin Pech. En el trayecto que va de Champotón a Kin Pech, Montejo el Mozo y Montejo el Sobrino superan la resistencia maya y logran fundar el 4 de octubre de 1540, en el lugar donde antes estuvo el campamento de Salamanca de Campeche, otro con el nombre de San Francisco de Campeche, con miras a crear un futuro puerto.

LA NACIENTE VILLA

Después de sus primeros intentos por conquistar los pueblos mayas de la península de Yucatán, de 1527 a 1534, Montejo el adelantado estudia la ubicación de un puerto donde establecer sus bases militares, que le permitieran tener también una buena comunicación con la Nueva España, las Antillas y demás colonias y metrópolis. A pesar de ser sus costas un punto donde mengua mucho la mar, Kin Pech fue considerado por los conquistadores como el mejor lugar tanto para la conquista de las provincias mayas de Yucatán como para sitio de enlace con el exterior.

Con la fundación de San Francisco de Campeche, sobre los cimientos de algunos edificios mayas pertenecientes a los suburbios del pueblo prehispánico, comenzó la conquista final de la península de Yucatán.

Emanada de aquel campamento militar y planeada por sus fundadores como puerto, la naciente villa fue conformando su espacio. A orillas del mar se trazó un cuadrilátero con uno de sus lados abiertos a la bahía, y en torno a sus tres restantes se construyeron los principales edificios administrativos y religiosos y las casas de los conquistadores.

Terminada la conquista física de los mayas, los españoles adoptaron una economía de tipo mixto, pues sobre la base de la encomienda y el tributo recibían de los pueblos mayas productos para su consumo, pero los excedentes los comercializaban hacia el exterior, de modo que las poblaciones españolas asentadas en la península de Yucatán tenían en Campeche un puerto para exportar o importar diversos productos. De Campeche salían los barcos cargados de maíz, palo de tinte, mantas de algodón, cera, miel y sal, y a Campeche llegaban otros con trigo, harina, aceite, vino, vinagre, ropa, plata, porcelana, armas y productos de hierro; así, durante la segunda mitad del siglo XVI Campeche se fue transformando en el importante puerto peninsular que los Montejo habían planeado, y para finales del mismo siglo ya formaba parte de un circuito comercial compuesto por Honduras, Cartagena de Indias, La Habana, Puerto Rico y Dominicana, así como con Venezuela, Florida, La Trinidad y Veracruz, de donde iban y venían barcos de la flota española.

De los productos que Campeche exportaba, fue el palo de tinte (Hematoxylon campechianum), o de Campeche, el que mayor demanda tuvo en el mercado europeo. Éste es un árbol de madera dura, resistente a la humedad, de hojas pequeñas y tronco nudoso, del que se extraía un colorante muy solicitado por la industria textil. De Campeche siguieron saliendo durante la segunda mitad del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX, barcos para La Habana, Veracruz y Europa, cargados con zapatos, tasajo y otros productos derivados de la ganadería, artículos de henequén, arroz, sal, palo de tinte, pieles de venado, pescado salado y manufacturas de algodón.

LA PIRATERÍA

Como fuerzas del mal surgidas de los ignotos mares, hombres crueles y despiadados dedicados al saqueo y la rapiña, sentaron sus reales en el Caribe y el Golfo de México en la segunda mitad del siglo XVI, y pusieron su mirada sobre Campeche. Por ello, mayas y españoles, que culturalmente estaban en proceso de fusión, tuvieron que unirse para defender a Campeche de los piratas.

Con el fin de protegerse, los campechanos construyeron un sistema de defensa, que pronto resultó insuficiente. La primera fortificación que tuvo Campeche fue la “Fuerza de San Benito”, construida en 1610 a la orilla del mar, cerca del templo de San Román, en el sitio donde antes estuvo una torre de vigilancia llamada “la Torrecilla”; luego vino “El Bonete”, que ya existía hacia 1656, ubicado junto a la plaza principal por el lado del mar; “El Baluarte de Santo Cristo de San Román”, erigido poco antes de 1656, lo mismo que “La Fuerza de la Santa Cruz”, en el cerro de la Eminencia; el fortín de “San Bartolomé” por el lado del barrio de “San Francisco” y “El baluartillo de la Trinchera de San Román”. Todo este primer sistema defensivo fue destruido para dar paso a un segundo sistema, o sistema amurallado.

LA CIUDAD

El 1 de octubre de 1777, el rey Carlos III de España concedió a la villa el título de ciudad de San Francisco de Campeche, y le aprobó como emblema un escudo dividido en cuatro cuadrantes. En dos de ellos se ven, en campos de gules, castillos de plata; en los otros dos, en campos de azur, galeones de plata. Limita los cuadrantes bordadura de oro y los orla el cordón de San Francisco de Asís. Rodean el escudo adornos en forma de hojas de acanto y sobre él una corona real.

BARRIOS

Los barrios del Campeche colonial eran cinco: San Francisco, Guadalupe, San Román, Santa Ana y Santa Lucía; de éstos, sólo los tres primeros quedaron dentro del área declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad.

SAN FRANCISCO

Ubicado a un kilómetro al norte del Centro Histórico, es el lugar donde originalmente se desarrolló el puerto prehispánico de Kin Pech.

Excavaciones arqueológicas en 1986 revelaron la presencia de restos prehispánicos sobre los que se encuentra construido el templo. San Francisco fue un barrio de mayas; su traza muestra un origen irregular en la distribución de los espacios donde se formaron calles que interrumpen su trayecto y callejones bordeados de altas casonas que dan al barrio un exquisito sabor colonial.

GUADALUPE

Situado entre el barrio de San Francisco y el Centro Histórico, Guadalupe fue en sus orígenes una prolongación de este último, hasta que prácticamente quedar extramuros al terminarse de recintar la villa en 1704, de allí que en este barrio habitara gente de igual abolengo que los del centro amurallado. Hasta 1664 seguía una misma traza y patrón de crecimiento, pero a partir de 1704 tuvo un desarrollo un tanto irregular, formándose calles, encrucijadas y callejones.

SAN ROMÁN

Se localiza al sur del Centro Histórico. En su origen tuvo una traza regulada con base en la distribución de los solares en torno de su plaza, aunque posteriormente, al concluirse la muralla y quedar extramuros, tuvo un crecimiento más bien irregular; surge a raíz de que al fundarse la villa de San Francisco de Campeche se establecen allí los indígenas aztecas que trajeron los españoles para conquistar la península.

Las calles de San Román son estrechas y sinuosas, con casas de un solo nivel; también hay callejones y calles que se interrumpen.

EL SISTEMA DE FORTIFICACIÓN QUE RODEA LA COLONIAL CIUDAD

Su construcción se inició en 1684 como resultado de la solicitud hecha al rey por el gobernador de la provincia de Yucatán, don Antonio de Layseca y Alvarado.

En 1685, después de que el pirata Lorencillo ataca la villa, las autoridades se apresuran a continuar la obra, por lo que el 3 de enero de 1686 se inicia oficialmente la construcción del sistema. El perímetro amurallado quedó cerrado en 1704; sin embargo, no se terminó en su totalidad sino hasta 1710.

El sistema fortificado tenía aproximadamente 2 720 m de perímetro; era de forma hexagonal, constaba de ocho baluartes unidos con ocho lienzos de muralla que alcanzaban alturas de unos ocho metros por los frentes de tierra y seis metros por los frentes de mar, con un espesor en su base de 2.5 metros y dos metros en la parte superior. Para entrar al recinto había tres puertas: la Puerta de Mar, la Puerta de San Román y la Puerta de Guadalupe. Para 1732 se construye una cuarta puerta, llamada Puerta de Tierra. En la actualidad sólo permanecen dos lienzos de muralla, siete baluartes y dos puertas; yendo en sentido contrario a las manecillas del reloj, sus nombres son: San Carlos, Santa Rosa, San Iván, Puerta de Tierra, San Francisco, San Pedro, Santiago (reconstruido), La Soledad y Puerta de Mar (reconstruida).

REDUCTOS DE SAN MIGUEL, SAN JOSÉ Y SUS BATERÍAS

Un tercer sistema defensivo fue construido entre 1779 y 1793, a causa de las confrontaciones de España con otras potencias de la época, entre ellas Francia e Inglaterra. La toma de La Habana por los ingleses en junio de 1762 provocó que todos los puertos coloniales de España en el Caribe y el Golfo se pusieran en estado de alerta y fueran revisados. En 1779 se propone la construcción de baterías y reductos cuya función era mantener a distancia a las flotas enemigas y evitar posibles desembarcos. Con la construcción de este sistema defensivo exterior Campeche se convirtió en una de las plazas mejor defendidas de América.

Fuente: México desconocido No. 289 / marzo 2001